Los fantasmas

Eduardo García-Sánchez

Los días pasaban y todos comenzaban a notar que el número 14 de la calle de Ventura estaba vacío. Los vecinos se habían esfumado de repente. Un día amaneció, y ya no estaba su carro, la casa estaba cerrada a cal y canto, y de sus ventanas no se asomaba ni un poco de luz en la noche. Pero un día, Daniel, que vivía enfrente, convenientemente se encontraba oculto detrás de un árbol, esperando a que el perro terminara de orinar. Vio a su vecino entrar encorvado, vestido con su abrigo, sacudiéndose la nieve de los hombros, que caía ligera, envuelta en la primera borrasca de la temporada. Entró a escondidas, mirando a todos lados de la calle, sin querer ser visto, aprovechando que los faroles de la banqueta se fundían con la humedad.

—¿Qué pasa con los vecinos?, en la casa de Alex —le preguntó a su hermana, sentado en el sillón frente al televisor, haciéndose el que no le importaba demasiado.

—No tengo idea —le respondió Mariana, sin hacerle mucho caso. Estaban viendo su programa favorito, una serie tonta que sólo veía con Daniel porque la hacía reír mucho, pero de la cual nunca hablaba con nadie—. ¿Por qué preguntas?

—Por nada —dijo Daniel, llevándose la uña del pulgar a los dientes.

Se ajustó las gafas y volteó hacia la ventana. Aunque a través de las cortinas de encaje no veía nada, lo intentó un rato, pero se dio cuenta de que sólo podía ver su reflejo, su rostro pálido inundado con la luz blanca del televisor.

—Me voy a dormir —dijo.

—Ok —balbuceó su hermana, sin mirarlo, acariciando al perro que ya se había quedado dormido en su regazo. Pasaban su parte favorita: los gritos del padre, el pánico en la sala, la voz aguda de las actrices… Le encantaba ese programa. Era comedia pura.

Daniel se encerró en su habitación y se acostó sin desvestirse, afuera había un vendaval terrible, la nieve caía en todas direcciones, lo cual no le sorprendía pues ese año había hecho un frío gélido que arrastraba aguanieve y dejaba los caminos congelados. Se preguntó si a quien había visto era realmente Alex, girando la llave, envuelto en la oscuridad, con los hombros encorvados y entrando a la casa de ladrillo que, a pesar de todo, siempre había parecido bastante normal. De repente había dejado de verlo en la escuela, aunque no hicieran más que saludarse; ya no escuchaba el portazo siempre que salía de su casa, ni salían a correr juntos en la mañana, y más de una vez Daniel pensó en ir y tocar la puerta, ver si en serio habían desaparecido. Pero ni siquiera él mismo lograba explicarse por qué le importaba tanto; después de todo, no se conocían más de lo que la cortesía les obligaba, aunque era bastante cierto que a Daniel le faltaban amigos y, en su retorcido parecer de cómo funcionaban las relaciones personales, Alex y él lo eran.

En la madrugada Daniel despertó sobresaltado, sudando y con frío, había soñado que lo perseguían por una calle oscura, donde las ramas de los árboles cubrían la luz de la luna. Iba corriendo sobre el empedrado y sus zapatos se resbalaban, y la figura que lo seguía, como una sombra, parecía acercarse cada vez más. Cuando despertó, buscó los lentes y encendió la lámpara. Se quedó sentado en la cama, intentando tranquilizarse, pero la garganta le ardía y el corazón le latía rápido. Había algo en todo que no cuadraba aunque no sabía qué. Al final, cuando volvió a acostarse, trató de pensar en otra cosa, pero desde su ventana, a través de las cortinas transparentes, se alzaba la casa de enfrente, oscura e inhóspita, como un desierto helado, con algo extraño (ya no Alex) viviendo en ella.

Cuando amaneció se acercó a la ventana. Según él, las cortinas no lo dejaban a la vista, pero Alex (que llevaba días paranoico y mirando de vez en vez por las ventanas del sótano) sabía que Daniel llevaba días viendo hacia su casa. Una patrulla se estacionó en la calle. Un hombre de abrigo largo tiró su cigarrillo al piso en el momento en que Alex abrió la puerta, pálido, temblando. Daniel lo vio todo desde su ventana: hablaron un momento, el hombre apuntó algunas cosas en una libretita y después se fue. Justo antes de que Alex volviera a entrar a su casa, le echó un vistazo a la ventana de Daniel, donde sus miradas se encontraron. Su primer impulso fue dar un paso hacia atrás. Se asustó y se quedó un rato pegado a la pared, oculto en la penumbra del cuarto sin luces encendidas. Cuando se armó de valor para asomarse, la patrulla se iba por donde había venido y la puerta de la casa de Alex estaba cerrada de nuevo.

—¡Daniel! —gritó su hermana desde abajo— ¡Ven a desayunar!

Comió con una sensación de malestar. El café se sentía amargo y el pan no tenía sabor. Estaba nervioso. Cuando terminó, subió a ponerse su abrigo. Se miró en el espejo del baño, aún lleno de vapor por la ducha que su padre había tomado antes de irse a trabajar. Tenía un almohadazo, no se sentía limpio, pero no le importó. Se dio golpecitos en las mejillas, que lucían terriblemente pálidas, y salió de su casa. Tocó la puerta de Alex varias veces, pero nadie atendió. Volteó hacia su casa. Mariana y su madre habían ido al supermercado, pero aun así sentía, aunque era imposible, que alguien lo observaba desde donde él observaba a Alex. No sabía si era mejor regresar o insistir. Lo intentó otra vez, y entonces Alex le abrió.

Dejó la cadena puesta y Daniel lo miró a través de la rendija. Inmediatamente notó que tenía los ojos vidriosos, iba descalzo, y con un abrigo raído y arrugado, como si hubiera dormido con él. Se veía como si tuviera fiebre, con las pupilas dilatadas y los ojos inyectados en sangre.

—¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja.

—Quería disculparme —dijo Daniel—. Por… —no sabía si decirlo—, por lo de la ventana.

Hubiera sido mejor no meterse. Esperaba que Alex le cerrara la puerta en la cara o que le escupiera, que lo mandara a chingar a su madre o cualquier cosa, pero entonces vio que su labio comenzó a temblar.

—Aguarda —dijo Alex. Cerró la puerta, quitó la cadena, y la volvió a abrir—. Pásate.

Todo lucía normal al principio, pero cuando prestó atención notó la pila de trastes en el fregadero, un par de ceniceros rebozando de colillas de cigarro, varias botellas de vodka y whiskey vacías en la sala. Las cortinas de todas las ventanas estaban cerradas y la luz entraba, tenue, filtrada de un blanco inquietante.

—¿Alex? —dijo Daniel, casi entre dientes, de repente sin voz.

—Yo iba a ir a verte —dijo Alex, subiendo las escaleras.

—¿Por qué? —preguntó Daniel, siguiéndolo a su cuarto.

—Hay algo que tengo que hacer. Voy a pasar un tiempo fuera, pero necesito un amigo que me haga un favor.

—¿Qué cosa?

Entraron en su habitación. La madera del piso estaba astillada, el empapelado amarillento y el humo de un cigarrillo se alzaba desde un platito, rodeado de libros y baratijas.

—Esto —dijo Alex, mostrándole una caja de madera oscura que había en su mesita de noche—. Quiero encargártela. Te doy la llave, si quieres, pero necesito que te deshagas de ella. No puedo llevármela ni dejarla aquí tampoco.

—¿Qué hay adentro? —preguntó Daniel al tomarla. Era pesada, pero no más grande que un cuaderno.

—¡No importa! —dijo, impacientándose— Escucha. Sólo necesito que te deshagas de ella por mí. Lo mejor es que tú tampoco te la quedes mucho tiempo. Tírala al río una noche donde nadie te vea, entiérrala en el bosque, no lo sé, pero por favor, Daniel, piérdela.

Daniel se cohibió de repente, se dio cuenta de por qué le importaba tanto Alex, pero tampoco iba a decirlo en voz alta. Su nariz aguileña, su piel pálida y su voz desesperada. El corazón le latía fuerte de nuevo y le sudaban las manos mientras sostenía la caja.

—¿Adónde irás?

—Ojalá pudiera decirte —dijo Alex, sentándose en su cama sin mirarlo. Su voz sonaba débil, algo quebrada. Tomó su cigarrillo y le dio una calada antes de echarlo a una taza de té frío que había quedado en su mesita—. Le avisaré a mi madre. Pero no puedes decirle que nos vimos y tampoco lo de la caja. Lo más probable es que no vuelvas a verme, Daniel.

—¿Qué?

—Vamos, acepta —dijo otra vez, en un tono que inquietó a Daniel—. Por favor.

Después de un silencio que duró demasiado, Daniel aceptó y, tras un momento sin decir nada y una despedida que jamás pensó que podría suceder, salió de la casa de Alex, con la caja, con su olor todavía perceptible en su nariz y el sentimiento de su tacto al abrazarse.

La noche siguiente, con la caja debajo de su cama, se sorprendió al enterarse por las noticias que a un chico —nuevo, no le hablaba, pero lo conocía de vista— llamado Augusto había sido encontrado muerto en el bosque y todo apuntaba a que le habían disparado. No sabían quién era el asesino. Con una sensación extraña en el pecho, Daniel subió a su cuarto, donde se encerró, dejando al perro fuera, rasguñando la puerta. Otra vez no había luces en casa de Alex. Cerró las cortinas y sólo encendió la lámpara de su buró. Buscó, con las manos temblorosas, entre el abrigo, dónde seguía la llave de la caja. Al abrirla, pasándose la mano por el cabello sudoroso, encontró una pistola. Era el calibre mencionado en el noticiero, las mismas características —revólver antiguo, sin registro—, junto con una hoja de libreta doblada. «Veme en la torre. Atte. Augusto». La soltó con miedo y se hizo hacia atrás. Se asomó por la cortina. Estaba seguro de que en la casa de enfrente ya no había nadie. El corazón se le desbocaba, los dedos le temblaban y se había puesto pálido como la muerte. Entre la nieve salió de su casa, poniéndose el abrigo mientras bajaba las escaleras y diciéndole a Mariana que volvía en un rato.

Caminó hasta el puente, buscando fantasmas entre las sombras alargadas de las farolas. Todo lo que escuchaba eran sus pies sobre la nieve y el viento silbando en sus oídos. Al final tiró la caja al canal, como Alex le había dicho, esperando que nadie lo hubiera seguido.

Eduardo García-Sánchez nació en Morelia y egresó del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo. Colaboró en la revista literaria Letrina: letras para el tocador y otros lapsus lingue, con «Carta de Ulises».

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