Fiesta tradicional mexicana

Emmanuel Ángel

Hace muchos años, cuando yo era pequeño, fuimos al norte en un viaje de trabajo de mi papá, allá por Sonora; no recuerdo hace cuánto fue. Llegamos a un hotel con un jardín que parecía coleccionar cactus y animales disecados de todas formas y colores. Nos dijo el de recepción que algunas de las especies tenían ya cerca de 300 años. Durante la noche ese, pueblo se iluminaba con una luz tenue y amarillenta, lo cual, aunado a los llamativos colores de las construcciones, le daba un toque pintoresco.

La última noche allá, nos invitaron a una fiesta en una gran hacienda. El evento fue para cerca de 50 personas, nos dijeron que sería con temática mexicana. Al entrar había máscaras de animales y se nos pedía usar una para poder pasar. Había guacamole, carne asada, frijoles, quesadillas, dulces de distintas regiones, tequila y piñatas; futbolito, lotería y juguetes de madera hechos a mano como trompos y baleros. Fue una noche difícil de olvidar, la música iba desde tríos hasta grupos con acordeones y bajos.

A la media noche, la anfitriona presentó a un grupo de música indígena, todos llevaban su máscara de animal. Después de una ovación, comenzaron a tocar piezas bastante extrañas pero amenas. El paso de la noche dejó ver un cielo con una profunda oscuridad; poco a poco fueron apagando las luces hasta estar invadidos por aquel azul impenetrable. Horas después, muchos de los invitados yacían dormidos por doquier: en los muebles, en tapetes o bajo las estrellas.

Al despertar vi a muchos pelear en el suelo como xoloitzcuintles; contra los muros había parejas besándose como serpientes de cascabel —sus lenguas parecían tragarse unas a otras como si de un uroboro se tratara—; se escuchaban de otros los aullidos a la distancia como coyotes; entre los cactus había cuerpos cuyas extremidades parecían imitar las tarántulas del desierto; había unos con una mirada hacia la nada, cuyos ojos recordaban al cacomixtle. Los gemidos de placer y dolor eran espeluznantes.

Fue como si las máscaras hubieran consumido su humanidad y los hubieran devuelto a aquel primitivo gozo de la naturaleza. Al llegar al hotel, vimos a algunos contemplando los jardines de cactus como quien observa su reflejo en la madrugada. Parecían haberse perdido al buscarse a sí mismos. Al acostarme soñé que una anciana me quitaba la máscara con un cántico y me devolvía mi rostro. Partimos la mañana siguiente, pero al voltear por la ventana pude notar la colección del hotel crecer.

Los animales que vi en el camino tenían algo raro, me parecían conocidos. Había en ellos una mirada escalofriante, como de melancolía, pero sus expresiones no parecían de una criatura sino humanas. No pude borrar esas imágenes de mi mente. En la carretera, mi papá atropelló a un lince rojo en su pata; yo le dije que nos lo quedáramos. Al llegar a Guadalajara, durante la noche siguiente, me miró con agradecimiento antes de huir. Años después supe que a algunos invitados de esa fiesta nunca se les volvió a ver.

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