Duermevela

Brenda Morales Muñoz

No puedes moverte, no te obedecen las piernas ni los brazos. Intentas hablar y no lo consigues, estás seguro de que abres la boca y sueltas el grito más fuerte del que eres capaz pero no escuchas ningún sonido. Estás despierto, oyes todo a tu alrededor. Los pasos. Alguien se mueve, alguien ha entrado a tu casa mientras dormías. Debe de ser él. Tiene que ser él. Tanto tiempo acechándote, apareciéndose en los lugares menos pensados. Es muy hábil, habrá dado con tu dirección. Tiene que ser él. ¿Quién más se atrevería?

Ahora te lamentas por no haber actuado antes. Desde que empezaron tus sospechas debiste hacer algo. Alguien te espiaba, lo presentías. No habías podido comprobarlo, no dejaba el menor rastro, sin embargo, tú lo sabías, no eras nuevo en esto.

Habías hecho el trabajo sucio durante años, siempre de manera impecable. Eso logró que te mantuvieras cerca del círculo de poder por sexenios, todos te querían de su lado. Te ganaste a pulso el reconocimiento, habías ejecutado cada uno de los encargos con presteza y eficacia. Nadie podía quejarse. No te arrepientes de nada, cumpliste las órdenes de la mejor manera posible. No es que fuera un trabajo como cualquier otro, es que era lo único que sabías hacer bien. Y te sentías orgulloso.

Por eso pudiste retirarte como un trabajador común, aparentabas ser un viejo amable, un pensionado más. Pasabas tus días inmerso en una rutina apacible, la que te merecías después de semejante vida «agitada», como solías llamarla. Aunque, por momentos, reconocías que la extrañabas porque todo parecía tan simple, tan vacío.

El peso de lo que hiciste llegaba por las noches. Sobre todo en días más recientes. Te estaba costando trabajo dormir, te movías, dabas vueltas, estabas inquieto y despertabas constantemente. Primero pensaste que era algo normal, dicen que a cierta edad las personas ya no duermen mucho. Luego te diste cuenta de que tu conciencia, que creías limpia, te estaba jugando malas pasadas cuando comenzaste a tener pesadillas.

Los recuerdos estaban llegando a punta de sueños. Estos vinieron acompañados de situaciones raras. Ahí fue cuando empezaron las sospechas. Creías que te estaban vigilando, sentías una presencia inquietante pero no lograbas identificar a alguien. A veces creías que una camioneta te seguía mientras manejabas; otras, que un hombre lo hacía mientras caminabas por la calle. Nunca encontrabas una prueba, sólo sombras. Presentías que era él, esperando el momento para atacar. Te desesperaba que no lo hiciera y te mantuviera así, expectante. Tu temple de acero se estaba deshaciendo, jugaba contigo y eso te irritaba.

Habían pasado muchos años, habías cuidado cada detalle para que nada te incriminara. Además, el sistema te había protegido. Lo hiciste sin pensar, fue simplemente el instinto de sobrevivencia: era él o tú. No podías arriesgarte, así que lo inculpaste. No eras el primero en hacer algo así y, mucho menos, el último.

Quizás tu suerte iba a cambiar de una vez por todas. Revisaste su sentencia: 40 años, era imposible que hubiera salido ya de la cárcel. Decidiste investigar con tus contactos, ellos te lo confirmaron, lo habían soltado hace unos meses por «buena conducta» y por «participar en actividades de reinserción social», eufemismos de la burocracia para no decir los motivos reales.

Imaginabas su enojo, su deseo de vengarse. Pero era un viejo, como tú. ¿Cuánta energía podría quedarle? Suponías que la utilizaba para buscarte, para averiguar dónde estabas. Y lo había conseguido, tenías no pocos enemigos en su entorno.

Esa noche te fuiste a dormir temprano, habías revisado puertas y ventanas, todo perfectamente cerrado. Te habías asomado y la noche estaba en calma. Ningún auto, ningún ruido sospechoso.

Te despertaste con un gran sobresalto, no sabías qué hora era. Tu arma estaba en el buró, sin poder siquiera girar la cabeza, parecía una distancia insondable. Escuchabas sus pasos firmes, cada vez más cerca de ti. Te angustiaba no poder mover un dedo o pedir auxilio. Cerraste los ojos, «es una pesadilla, tranquilo», intentaste consolarte. Debía ser eso, respiraste profundamente. Pero los pasos venían hacia ti. No tuviste el valor de abrir los ojos de nuevo, sólo escuchaste que cortaban cartucho.

«Duermevela» ganó el tercer lugar en el Concurso nacional de creación literaria para profesores y colaboradores 2018, organizado por el Tecnológico de Monterrey, en la categoría de cuento.

Brenda Morales Muñoz (Ciudad de México, 1980) es doctora en Estudios latinoamericanos, se especializa en narrativa latinoamericana contemporánea y en literatura sobre violencia. Escribe cuentos, especialmenteformas breves, algunos de los cuales han sido publicados en revistas literarias y antologías electrónicas.

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