Teniendo por montura la neblina

Marcus Groza

Me enamoré de él en una alucinación, una borrachera de medicinas y alcohol. Eran noches en que bebíamos y paseábamos por la ciudad con los bolsillos llenos de aquello que llamo una alegría irrevocable. Con dicha carga, bailamos, cometas irradiados, para desaforar el pudor de viudas y cobardes, quienes de lejos nos censuraban en silencio en las avenidas, en los parques.

Una vez vino un policía a desaprobar nuestros besos. Mi acompañante sonrió. En realidad susurró, suave. Insultado, aquel mostró los dientes. Sonrió. Con esa mirada parecía un cementerio con construcciones de mármol elevadas. Quise morirme y que estuviese allí mismo en su boca mi cocaína despejada. ¡Su fanfarronería! Al principio ésta provocó que me extrañaran mis palabras, pero luego le encontré el gusto a ese camino torcido de quien derrama y persigue agua.

No tardó en quedarnos pequeña nuestra ciudad. Sus desatinos, dentro de la casa, parecían desalojados. Volvieron a crecer las mandalas rojas de la decadencia en su pecho y en las paredes. El sótano ya no servía de refugio. Se volvió un vivero. En especial, reptiles y aves. La cama creció una huerta. El follaje de las trepadoras comenzó a destechar la casa. Fue entonces que pedí partir. Salimos. Juntos. Pero sin saber de cierto lo que nos mantenía unidos.

Tomé su mano y sujetamos un bastón. Cayado invisible. Surcamos dos cuadras en el auto. El paso arrastrado podía dar a entender que en el fondo no prometíamos ir muy lejos. Quizás era un engaño. En la segunda esquina, él dijo que iba a dormir un poco y que yo debería continuar andando. ¡Nomás no te vayas de mi mano, por nada! Cuando despertó ya estábamos casi fuera de la ciudad y me dijo que soñó con una pista vacía, en la cual pasaba días bailando sin cansarse. Me quedé todo el tiempo contemplando el sueño en su rostro exiliado. Ni siquiera me di cuenta adónde íbamos.

Todavía ahí había algunas casas. La senda era de tierra y en las orillas había unos últimos resquicios de concreto, con grietas llenas de plagas. Continuamos hasta el atardecer. Descansamos aquella noche sobre un pasto sin vacas, en un desactivado árbol de mango. En la mañana, mandarinas y baño de río. Agua turbia. Él se quedó aun más callado. O su medio de comunicación era mirar un punto fijo adelante.

Río abajo hicimos fuego y cebolla asada. Comer lo hacía reír. El gusto dulce de la cebolla asada. Mediodía. Las lenguas y las cabezas calientes, la piel hormigueando con el sol de invierno. Los pies en el agua.

Quien tuvo la idea fui yo, aunque fue sólo la agonía de dejar sueltas las cosas emergentes en la cabeza. Él fue quien dio luz verde, así que dije: ¡una embarcación! Pronto. Repitió y amarró unos fardos. Metió mi pañuelo rojo dentro de una botella. Quedó bonito. Preservado en forma de mensaje o para que la gente nos secara cuando todo estuviese inundado. Bajamos la corriente, desnudos, con los fardos de ropa sirviéndonos de remos.

—¿Hasta dónde desemboca este río?

—Aunque uno no quiera, al mar, ¿no?

—¡Entonces debemos de estar cerca! —respondió con el ojo fijo en el bosque de bambúes, detrás del banco de arena en el cual nos detuvimos.

—¿Qué sentido tiene tener tantas curvas y no poder desviarse? ¡Yo digo tu nombre dentro de la nube de humo y no quiero que tú siguas igual! ¡Si quisiera, lanzaría una piedra!

No respondí, engullido. Sin escondite: vulnerable por los ojos abiertos. Viendo en una curva del río una cuna grande en la orilla. Y un caballo.

Enseguida, él también lo vio. Casi blanco. Crines quemadas de amarillo.

—¡Nadie común montaría ni con cabestro!

—¿Qué hay de la cuna? ¿No ves la cuna al lado?

—¿Cuna? No. ¡Eso es un barco!

Todo el mundo sabe que es preciso pasar el quiebre de las olas o mejor ni siquiera meterse con el mar. El quiebre es el quiebre. La marea es otra cosa. Finjo todavía hoy estar seguro cuando pronuncio. Pero la violación de las paredes y el bullicio de niños jugando en algún patio cerca de aquí es para mí una clase de ciencia oculta: cada plaza tiene un mar alrededor y en la madrugada se torna más evidente por la marea alta y por el mal humor del vendaval.

—¡Cuando yo empuje, tú jalas! ¡A la cuenta de tres!

¡Nube! Fue ese el nombre con el que bautizó al barco. A la cuna sin criatura, equipada de bambúes y troncos, que nos serviría de barco.

—Nube.

—Uno. Dos.

Mi pañuelo rojo estirándose. Vela izada. No supe ni cómo, en un truco de magia, él quitó una gran cantidad de rojo dentro del barrilito vacío de aguardiente.

En el tres, cual gato, saltó adentro de la cuna junto conmigo. Navegamos. Y el cielo azul y el pañuelo rojo. Él encendió fuego, rápido, lo amarró a una piedra y lo arrojó a nuestras cosas, las cuales quedaron ardiendo en la orilla junto con el caballo muerto.

Traducción del portugués al español de Andrés Guzmán Díaz.

Marcus Groza es escritor y director de teatro brasileño. Entre sus piezas están Não urine no chão, Tambor de couro vivo, Maré morta, etc. Es autor de los libros Milésima demão nas paredes de estar perdido, E a lua como órgão principal, etc. Su ensayo Hacia una poética del olvido apareció en el libro Olvidar: brumaria works #9, en Madrid.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s