Les misérables de Ladj Ly, un relato brutalmente actual

Mario Orozco

Hay películas que logran escaparse a la pretenciosa mirada de quien intenta «analizarlas». Esto puede ser porque la estructura del relato está pensada para ser entretenida; casi cualquier blockbuster sin muchas complicaciones lo logra. Otra manera para que una película logre fugarse del espectador es precisamente a través de él: meterlo de lleno en las emociones y conflictos de quienes aparecen en la pantalla, hacerlos respirar el mismo aire. Les misérables logra todo esto, con el plus de contar una historia que, si bien está estrechamente situada en un lugar y tiempo específicos (el distrito parisino de Montfermeil, 2018), retrata una serie de problemas sumamente actuales y de escala global.

Cuando fui a ver Les misérables, tuve que rectificar con mi acompañante que no fuera una adaptación musical de la novela de Víctor Hugo. La referencia no es de ninguna manera gratuita, más allá de que ambas historias se sitúen en el mismo barrio. La cinta del director franco-malí retrata el primer día de Stephan, un agente de la Brigade anti-criminalité, en uno de los barrios más marginados de París, donde confluyen inmigrantes de distintos orígenes, fanáticos religiosos y criminales de toda índole. Lo que de entrada parece ser un relato de buenos contra malos se desvanece de manera rápida cuando Stephan se da cuenta de que sus compañeros llevan a cabo prácticas muy desapegadas al reglamento, y están íntimamente conectados con los líderes de las mafias locales. No obstante, todo parece estar bajo control dentro del hipócrita y corrupto esquema, hasta que las cosas se salen de control: alguien roba un cachorro de león perteneciente a un circo de gitanos, quienes amenazan a los líderes de la mafia. Cuando la guerra parece estar a punto de estallar, aparecen los agentes de la ley para mediar y dar una aparente solución al conflicto. Lejos de mejorar, las cosas se dirigen a un punto sin retorno que desemboca en quienes más padecen las desigualdades: los niños y adolescentes que crecen entre la violencia y miseria.

Les misérables es un crudo relato marcado por el quehacer policial, la marginación y la pobreza, con un final —por demás está decirlo— cerrado, que deja al aire muchísimas preguntas, las cuales exhiben una realidad que dista mucho de ser la ideal. El hecho de que use «exhibir» (manifestar, mostrar) no es fortuito, yaque Les misérables es la primera cinta de Ladj Ly que no es un documental, y es grato ver cómo este gesto se hace constante durante toda la narración.

Les misérables compitió en los premios Óscar en la categoría «mejor película internacional»; creo que ahí fue donde se hizo evidente su peor defecto: haber salido en el mismo año que la surcoreana Parasites. No obstante, la cinta de Ladj Ly se llevó el premio del jurado en el prestigioso Festival de Cannes, lo que le otorga cierta vitalidad, al menos en Europa. Hay probabilidades de que despues la veamos en festivales a nivel nacional.

En síntesis, Les misérables sí es una película de denuncia, pero jamás descuida la calidad cinematográfica o narrativa. Es una película estremecedora y muy real. Claro que tiene muchísimos antecedentes, entre los que yo personalmente destaco Los olvidados (Luis Buñuel, 1950) y Cidade de Deus (Ciudad de Dios, Fernando Meirelles & Kátia Lund, 2002), aunque sin duda alguna el mayor antecedente de estos tres filmes no está en una pantalla, sino ahí afuera, en las calles de la periferia de cualquier «gran ciudad».

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