Algunos aspectos escurridizos sobre la creación de contenido en medios digitales

Mara Maurane

La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales de los seres humanos. Está establecido en diversas legislaciones y estuvo entre las primeras enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos de América. La libertad de expresión está asegurada por distintas leyes internacionales, como la Declaración Universal de Derechos Humanos de la Organización de la Naciones Unidas (artículo 19), la Convención Europea para la Protección de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales (artículo 10), el Acta Europea de Derechos Fundamentales (artículo 11), así como por leyes nacionales. Por ejemplo, el artículo 100 de la Satversme (Constitución) de la República de Letonia asegura este derecho en la nación: «Todo individuo posee el derecho de libertad de expresión, el cual incluye el derecho de recibir, mantener y distribuir libremente información y de expresar su opinión. La censura está prohibida».

La libertad se caracteriza por expresiones tanto verbales como no verbales: puede ser explicitada, así como presentada a través de artes visuales. De la misma manera, el valor de la opinión no está limitado: puede ser significativo, así como banal. La libertad de la expresión artística es una extensión de la libertad de expresión y se cree que la combinación de ambas aseguran el avance y el progreso de la sociedad. La Corte Europea de Derechos Humanos ha reconocido que la libertad de expresión «constituye uno de los elementos esenciales de la sociedad [democrática], una de las condiciones básicas para su progreso y para el desarrollo de cada hombre» (cf. veredicto de caso Handyside contra Reino Unido, documento 5493/72, 7 de diciembre de 1976, párrafo 48; veredicto de caso Lingens contra Austria, documento 9815/82, 8 de julio de 1986, párrafo 41, ambos citados por Gulbis, 2019).

La libertad de expresión incumbe por igual a los dominios privado y público. Puede ser una manifestación ruidosa de opinión escuchada por miles y que cambie al mundo, como el discurso icónico de Martin Luther King (1963) I have a dream, que pedía el fin del racismo en los Estados Unidos y que fue presenciado por casi 250 000 personas y escuchado por muchas más en los medios de comunicación. Puede ser un simple enunciado, en la mesa durante la cena, dicho por una ama de casa quien ha sido ignorada por años y años por otros miembros de la familia, como en la puesta en escena Acapulco Madame de Yves Jamiacuq que recientemente tuve oportunidad de ver en el Teatro de Valmiera. Ambos casos provocaron agitación y cambios, por supuesto, en ámbitos diferentes: (inter)nacional y personal.

Desde el inicio de los tiempos, la gente se ha expresado a través de los muros en cavernas, cartas escritas a mano y, en la actualidad, Internet, la cual Ignacio Ramonet ha nombrado el «quinto poder» (cf. Wikipedia, 2019). Hoy las personas pueden acceder a información casi a cualquier hora, en cualquier lugar y sobre cualquier tema; aun más, de esta misma forma pueden crear contenido. La creación de contenido es el tema que quiero presentar en este ensayo porque es una forma de ejercer uno de los derechos básicos de los humanos. Al ser uno de los derechos fundamentales, la libertad de expresión debería ser natural y fácilmente entendible, pero los medios y las plataformas donde se ejerce han vuelto este concepto más bien algo complicado, en especial en la última época.

Años antes de que la Internet comenzara, uno podía ser publicado después de que su obra hubiese sido revisada por un editor. Las piezas escritas por periodistas, reporteros, escritores y otros profesionales tuvieron que —afortunadamente hoy en la mayoría de los casos deben todavía— someterse a fases de revisión y edición en las cuales se chequea la gramática, el estilo y el contenido, asumiendo que la información se hizo para ser publicada en los medios clásicos. En una sana sociedad democrática, este proceso no pretende censurar sino asegurar que el texto tenga una mejor calidad y que el mensaje será percibido por los lectores de la forma más adecuada. En la actualidad, no obstante, cualquiera puede ser —y con frecuencia sin siquiera estar consciente de que de hecho es— un creador de contenido. Debido a que el alcance no es relevante —el alcance de un contenido, que a su vez podría ser público o privado, podría ser masivo o particular—, cualquier persona es capaz de ejercer libertad de expresión, por tanto, textualmente cualquiera puede ser un creador de contenido.

Todos escribimos mensajes a través de chat y correo electrónico, algunos todavía toman notas a mano; nos comunicamos verbalmente y quienes son usuarios activos de redes sociales hacen ahí anuncios (textuales y visuales). Cantidades inmensas de información están siendo creadas a cada segundo y toda la gente contribuye a ello. Al escribir este ensayo yo también contribuyo. Sin importar que sea leído solo por unos cuantos —con suerte al menos dos, inclusive yo—, ya existe. No escribí este ensayo con el propósito original de que fuese revisado o editado por nadie excepto por mí, aun así, tuve y tengo plena responsabilidad de su calidad y contenido. Las características de las redes sociales establecen que las publicaciones son responsabilidad de los individuos y de un solo autor —excepto los perfiles de compañías u organizaciones—, mientras que en el mundo académico, un solo autor es inusual. Sin embargo, hay algunos aspectos sobre la creación de contenido que hacen cuestionable la autoría individual, apuntan a problemas éticos y plantean la pregunta si la libertad de expresión se ejerce por completo.

Hace algunos años descubrí que la nieta de una amiga de mi madre tiene su canal en YouTube y que es una youtuber. Ella tenía alrededor de 14 años en aquel entonces. Revisé algunos de sus videos y tuve que admitir que, para ser una adolescente, poseían una buena calidad en términos tecnológicos —yo ni siquiera tengo tanto conocimiento en la edición—; algunos eran bastante divertidos y me asombró que una persona tan joven estuviera dispuesta a poner tanto esfuerzo en hacer videos. De hecho, su perfil tenía varios miles de seguidores en aquel entonces. Hace poco visité de nuevo su canal con la curiosidad de saber si sigue activo o no. Para mi sorpresa, descubrí que la niña se convirtió en una jovencita de 18 años, que sus videos en YouTube se hicieron más esporádicos aunque más extensos y que sus temas ahora son —por así decirlo— más complejos e interactivos. El perfil que estoy describiendo puede encontrarse con el nombre Laurlācis (2019) y tiene 48 000 seguidores, lo que equivale al doble de la población en Valmiera, ciudad que habito, o a la mitad de la población de Tartu, la segunda ciudad más poblada de Estonia. Los videos publicados al principio de la carrera de Laurlācis presentan temas como «mi rutina matutina», divertidos hackeos de la vida, álbum de fotos de la niñez con comentarios y muchos temas más. En la medida que los seguidores aumentaron y hubo más comentarios, retroalimentación y reacciones, los videos se hicieron gradualmente más interactivos. Por ejemplo, en las publicaciones más recientes del canal hay un par de videos en los que Laurlācis  responde comentarios de haters o preguntas de problemas planteados por otros. A través de estas sesiones de pregunta-respuesta en las cuales se involucran, los seguidores en realidad se convierten en coautores del contenido.

Con el tiempo, la influencia de la audiencia aumenta y un youtuber hace que sus seguidores voten sobre cuál tema debería abordar en el siguiente video. Más aun, los fanáticos del canal determinan las acciones del autor. Hay un video en el cual el día de Laurlācis está establecido por completo por los votos de otros usuarios en Instagram. Ella hace que los seguidores voten y elijan qué quieren que haga: que se levante a las 3:00 o a las 13:00; que cante en la regadera o haga un ice bucket callenge; que vista solo de negro o con los colores del arcoíris; que se ponga un tatuaje o una perforación; que escriba un mensaje indecente a su abuela o a un desconocido; que vaya al gimnasio y coma cosas saludables o haga un mukbang —de hecho tuve que investigar la definición: «se trata de una transmisión en vivo en la cual el anfitrión se atraganta con grandes cantidades de comida mientras relata historias a su audiencia». El video se titula «Instagram controla mi día o ¿cuántos errores pueden cometerse en un mismo día?» Con la creciente participación de otros, el anfitrión de un canal no es más un autor individual, sino que el contenido es creado por muchos.

Por un lado, hay espectadores que ejercen su derecho a expresarse y esperan que se respete, pero, por otro lado, hay un youtuber que transforma las respuestas de los seguidores en acciones y las usa para propósitos artísticos. En tales circunstancias, cuando le dan oportunidad de votar, la gente es consciente de que tiene poder sobre las acciones del youtuber y el contenido posteriormente creado, entonces las relaciones están de cierto modo reguladas por reglas del negocio. No obstante, hay situaciones en las cuales la gente no se da cuenta del propósito que tendrá el contenido creado por ellos —mensajes o publicaciones en redes sociales— ni tiene idea en qué se convertirá su libertad de expresión. Los siguientes párrafos se centran en tales casos.

Entre los videos creados por Laurlācis, hay varios ejemplos en los que otras personas se han convertido en coautoras sin que ellas lo supieran. Examinemos de cerca algunos de ellos. Laurlācis y sus amigos intercambian sus teléfonos por un cierto periodo en el cual están autorizados a usarlo de la manera en que quieran. Ellos escriben mensajes graciosos y extraños a amigos y conocidos de cada uno, publican en el muro de Facebook y hacen anuncios en chats grupales.

Otro video muestra cómo Laurlācis ha creado una cuenta de Instagram para su amiga sin su consentimiento con el objetivo de «encontrar al amor de su vida». El perfil es falso, pero utiliza fotos reales de otra chica, charla con personas reales y el chat es revelado al público y se convierte en el tema principal de discusión. Esos chicos con quienes Laurlācis charló en nombre de su amiga no tenían idea de que sus mensajes se harían públicos. Creyeron que estaban escribiendo a alguien de forma privada, pero al final se dirigieron a más o menos 50 000 espectadores. Sin estar conscientes de ello, contribuyeron al proceso de creación de contenido y formaron el producto final.

Otro ejemplo es un video en el que Laurlācis lee en voz alta historias en Instagram que ella considera tontas, escritas por otros. En efecto, esas historias carecen un poco de sentido, pero eso es asunto aparte. Por supuesto, en este caso los autores hicieron públicas sus historias y tuvieron algunas consideraciones de su acción, pero lo que probablemente no esperaban era que alguien analizaría e incluso ridiculizaría su obra de manera pública. Laurlācis no es la única autora de sus videos y quizá ni siquiera sea la más importante porque sin la materia prima no sería capaz de crear ningún contenido.

Me pregunto: ¿no se infringe la libertad de expresión de aquellos cuyos mensajes fueron hechos para uso privado cuando estos se hacen públicos? Claramente no buscaban ellos popularidad ni dirigirse a las masas, pero al final consiguieron ambas, incluso coautoría. Papacharissi (2015) habla acerca de la narrativa colectiva y la cocreación, aunque desde el punto de vista del periodismo de ciudadanos, lo cual significa que cualquiera puede reportar eventos importantes a través de sus dispositivos móviles. Nuestra caso de narración es de carácter diferente, pues está hecho para entretener y para autopresentarse. Si el aspecto de la autopresentación es prioritario, estamos ante un camino peligroso donde todo lo demás se descarta, inclusive las cuestiones éticas. Existe una diferencia si uno se burla de alguien de formas privada o pública, así como no son iguales las consecuencias de tales casos. En la comunicación cara a cara, es uno contra su oponente, un limitado número de personas o un grupo específico, mientras que una burla hecha en la web es ilimitada porque cualquiera puede presenciarla. Como lo mencioné en el primer párrafo, el alcance de la expresión libre no es relevante, sino que el derecho tiene el mismo peso en lo privado y lo público, de manera que debe ser aplicado en ambos espacios. ¿Así sucede? Lo dudo.

Respecto de la ética en medios digitales, Bowen (2013) ha propuesto quince lineamientos éticos que fueron desarrollados después de examinar cuatro casos diversos. Entre otros puntos, Bowen pide establecer responsabilidad, incentivar el bien y responder preguntas puntuales, por ejemplo, ¿el mensaje ayuda a construir conectividad, compromiso y comunidad? Los jóvenes que son muy diestros en el uso de las tecnologías deberían ser llamados a considerar los aspectos éticos de sus actividades en línea, con el propósito de asegurar que la brecha digital entre generaciones no impida una convivencia en el futuro. Hay un gran riesgo de que la brecha no sea solo tecnológica, sino también psicológica. La libertad de expresión es una oportunidad y un regalo, pero me atrevo a decir que no lo es todo. Admiro las habilidades que los jóvenes creadores de contenido han desarrollado en sus respectivas carreras cortas, pero al mismo tiempo espero que sus habilidades sociales y emocionales se desarrollen a la par. Debemos enfrentar la realidad, el mundo físico, conocer gente que no es como la imaginamos. Para ello considero muy útiles las virtudes de Platón: sabiduría, coraje, moderación y justicia.

Referencias

Bowen, S.A. (2013). Using classic social media cases to distill ethical guidelines for digital engagement. Journal of Mass Media Ethics (28), 119-133. Recuperado el 16 de febrero de 2020 de: https://www.deirdrebreakenridge.com/wp-content/uploads/2013/07/JMME_Bowen_2013_SM_Ethics.pdf.

Gulbis, R. (2019). Presentación en el curso Media and Communication Law. Valmiera: Universidad de Vidzeme de Ciencias Aplicadas.

King, M.L. (1963). «I have a dream», address delivered at the march on Washington for jobs and freedom. Stanford University. Recuperado el 16 de febrero de 2020 de: https://kinginstitute.stanford.edu/king-papers/documents/i-have-dream-address-delivered-march-washington-jobs-and-freedom.

Laurlācis (2019). Canal de YouTube Laurlācis.YouTube. Recuperado el 16 de febrero de 2020 de: https://www.youtube.com/user/UnicornQueeny.

Papacharissi, Z. (2015). Affective publics and structures of storytelling: sentiment, events and mediality. Information, Communication and Society (19), 307-324. DOI: http://dx.doi.org/10.1080/1369118X.2015.1109697.

Wikipedia (2019). Fifth power. Recuperado el 16 de febrero de 2020 de: https://en.wikipedia.org/wiki/Fifth_power.

Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz.

Māra Maurāne es coordinadora de Estudios en ingeniería y tecnologías de la información en la Facultad de Ingeniería y estudiante de maestría en Literacidad de medios y de información en la Universidad de Vidzeme de Ciencias Aplicadas, Valmiera, Letonia.

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