Amantes seriales

María Raquel Bonifacino

Este libro tiene como propósito revelar los motivos, las causas y las consecuencias del sufrimiento amoroso. Mediante un viaje a través del tiempo, de la bibliografía, de distintas culturas, podrás saber si eres o no un amante serial.

Cuando comencé mi investigación sobre la relación del amor con las hormonas, las costumbres sexuales y los comportamientos amorosos en el mundo, descubrí que varios autores estaban en la misma sintonía que yo. Fue un hermoso encuentro con almas y mentes, que unifico en estas páginas con la intención de brindar un enfoque esclarecedor a las personas que sufren por amor.

El amor no admite sufrimiento, pues amor es sinónimo de felicidad (en esta obra dejaremos de lado los casos especiales, como enfermedades, accidentes y fallecimientos). No debemos aceptar como fruto del amor otro sentimiento que el de la felicidad. Si hay sufrimiento es porque hemos elegido la ruta equivocada, y de ese camino debemos alejarnos. Amor es lo contrario de sufrimiento.

Una amiga psicóloga me dijo una vez que, en una relación de pareja, si alguien hacía dos veces lo mismo era como si lo hiciera siempre. En ese caso puntual se refería al engaño, a la infidelidad en una pareja que ambas conocíamos: él había estado en dos ocasiones con otra mujer, y el hecho de que reiterara esa conducta significaba que era «un siempre». Nunca pude olvidarme de esa sentencia: hacer algo dos veces es hacerlo siempre.

Muchos pensarán que es exagerado considerar de tal modo esos comportamientos, pero somos seres de costumbres y de actitudes repetidas. ¿De qué dependen estas actitudes? ¿De la memoria, de la infancia, de traumas, de las hormonas y sus asociaciones mentales, de ser mujer u hombre?

Estas preguntas —y otras que tal vez te estés haciendo en este momento — parecieran indicar que las condiciones y causas son infinitas. Vamos a ir observando en este libro que no son tantas como creemos y que muchos de nosotros podemos ser o llegar a ser amantes seriales.

¿Cómo reconocer si eres un amante serial?

¿Has pasado dos veces por una situación amorosa similar?

¿Crees que todos los hombres son infieles?

¿Opinas que todas las mujeres son interesadas?

¿Tuviste dos o más parejas que te engañaron?

¿Dos o más veces tus parejas te trataron mal?

¿Te divorciaste dos veces o más por el mismo motivo?

¿Te casaste tres veces?

¿Te dejaron dos veces?

¿Sufriste por amor más de una vez?

¿Tuviste dos o más parejas interesadas en la parte económica?

¿Te has preguntado por qué te pasa siempre lo mismo en el amor?

Si respondes que sí, eres entonces un o una amante serial.

Capítulo 1. Amores de siempre, amores de a ratos, amores equívocos

Aunque todo amor sea vivido como único y aunque el sujeto rechace la idea de repetirlo más tarde en otra parte, sorprende a veces en él una suerte de difusión del deseo amoroso; comprende entonces que está condenado a errar hasta la muerte, de amor en amor.

Comenzamos con una cita demoledora de Roland Barthes. Una frase donde aparecen juntas las palabras «condena», «errar», «muerte» y «amor» constituye para la mente una situación catastrófica, que no debería existir. Esta frase negativa nos habla de una adoración al sufrimiento, un culto al amor sufrido, que es algo terrible para el ser humano. Según la personalidad de quien la lea, indicará una de dos actitudes diferentes y enfermas:

Estar preparado para sufrir y elegir mal a su pareja.

Estar preparado para hacer sufrir a su pareja.

Ambas conductas serán destructivas y no llevarán a un buen desenlace.

Si pudiéramos alejarnos de esta frase y mirar la sociedad en un vuelo de águila, veríamos que este mensaje es copia fiel de otros tantos que recibimos a diario; por ejemplo, «amor es tristeza» o «sexo es felicidad». ¿Qué clase de mensajes estamos recibiendo permanentemente? ¿Quién puede ser realmente feliz con estas sentencias en la mente?

Para la mayoría de los seres, el amor es lo más importante en la vida y en el mundo.

Todos amamos y sabemos lo que se siente al amar. Amar a la familia, a los amigos, a las parejas, los animales, los hobbies. Pero lo que más nos complica, nos consume y nos incita a conocer sus misterios es el amor a la pareja, la búsqueda de un alma gemela o de alguien con quien compartir la vida, un período o unas horas. Y muchos se hacen, o nos hacemos, adictos al amor.

¿Por qué el amor a la pareja es el más complejo y el menos comprensible? Porque tal vez descubramos que no siempre es verdadero amor. Por eso vemos personas que hoy creen amar locamente… y mañana sucede que el amor se transforma en un sentimiento completamente diferente (venganza, odio, rencor, miedo, etc.).

Poetas, escritores, psicólogos, científicos, antropólogos, filósofos y otros pensadores están continuamente describiendo o investigando los comportamientos amatorios. Pero casi nadie entiende el amor. Huelgan los comentarios sobre este sentimiento. En su mayoría son inconsistentes, incoherentes, tristes y enfermizos.

Por mi parte, opino que el amor es y debe ser felicidad. ¿Acaso somos poco inteligentes para lograrlo? ¿Es que tantos mensajes recibidos durante años nos ciegan respecto al amor?

¿Cómo es tu forma de amar? ¿Eres un amante serial? Es el momento de conocerte.

¿Cómo nace el amor?

La antropóloga Helen Fisher propuso la teoría de que la humanidad ha desarrollado tres sistemas cerebrales principales para el apareamiento y la reproducción:

Lujuria: impulso sexual o libido.

Atracción sexual selectiva: amor romántico intenso de la etapa inicial de la relación.

Apego: sentimientos profundos de unión con un compañero a largo plazo.

«El amor puede comenzar con cualquiera de estos sentimientos —sostiene Fisher—. Hay quienes tienen relaciones sexuales con una persona nueva y posteriormente se enamoran. Algunos se enamoran primero, y luego tienen relaciones. Otros comienzan con un sentimiento profundo de apego, que se transforma en amor romántico y en impulso sexual. Pero el impulso sexual evolucionó hasta permitir el apareamiento únicamente con un grupo de compañeros; el amor romántico evolucionó de tal forma que permite enfocar la energía del apareamiento sobre un solo compañero cada vez; y el apego evolucionó hasta permitirnos formar un vínculo de pareja y criar juntos a los hijos como un equipo».

Esta autora indica que el amor romántico intenso comienza cuando la persona amada adquiere un «significado especial»; entonces se focaliza sobre ella. Muchos pueden enumerar las cosas que no les gustan de su novio o novia, pero durante el enamoramiento las apartan de su mente y se concentran en lo que adoran. Una impetuosa energía, euforia, cambios de ánimo, dependencia emocional, ansiedad ante la separación y actitud posesiva, junto con reacciones físicas que incluyen fuertes latidos del corazón y respiración acortada, son elementos centrales de este sentimiento, afirma la antropóloga.

Los síntomas que detalla se asemejan a los de un ataque del corazón. Recuerdo que en la película Alguien tiene que ceder, con Diane Keaton y Jack Nicholson, el protagonista recurre a un médico pensando que tiene un ataque y le dicen que eso es amor.

Pero lo más importante es el pensamiento obsesivo. En las propias palabras de Fisher, «alguien acampa en tu cabeza». Otros pensamientos obsesivos son muy parecidos, y eso está muy lejos de ser amor.

Una de las ideas centrales de la investigadora es que el amor romántico es un impulso más fuerte que el sexual. «Después de todo —comenta—, si casualmente le pides a alguien que vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión ni cometes suicidio u homicidio, pero en todo el mundo la gente sufre terriblemente tras el rechazo en una relación romántica».

Tanto hombres como mujeres usan el atractivo físico como medida de lo «buena» que es una persona. Pero imágenes del cerebro, obtenidas por resonancia magnética funcional, revelaron claras diferencias entre el hombre y la mujer en las etapas tempranas de enamoramiento intenso. Los hombres, en promedio, tendían a mostrar más actividad en dos regiones cerebrales: una asociada con la integración de estímulos visuales y otra relacionada con la erección del pene. Por su parte, las mujeres exhibían un aumento de actividad en varias zonas del cerebro asociadas con la evocación de la memoria o rememoración. Fisher especuló que la fuente evolutiva de tal fenómeno residiría en la necesidad de las mujeres de identificar a los hombres cuyo comportamiento a lo largo del tiempo sugería que podrían ayudarlas a criar a la prole.

Las investigaciones de este tipo, orientadas a examinar las distintas áreas del cerebro que se activan cuando la gente está locamente enamorada, refuerzan la tesis de que las leyes de la naturaleza prevalecen en la programación reproductiva de la humanidad. En resumidas cuentas, la naturaleza siempre intenta predominar e imponer estrategias que privilegien la propagación de la especie.

Así, el hombre es infiel en su empeño por diseminar su simiente, pero permanece junto a la hembra para proteger a su descendencia, que nace desvalida y necesita cuidados durante su desarrollo. La mujer, a su vez, busca un hombre que aporte alimento para las crías y otro más por si el primero la abandona o para que contribuya con los gastos en tiempos difíciles.

He aquí dos importantes causas naturales de la infidelidad: para el hombre, la de «semillar»; para la mujer, la de conseguir protección alternativa. Pero las investigaciones van variando con las épocas, y estudios recientes aseguran que la mujer es infiel por naturaleza. Veremos qué nuevas conclusiones sacarán próximamente los investigadores.

Monogamia e infidelidad

Desde un punto de vista genético, las mujeres están predispuestas a mantener aventuras amorosas como «plan B» para el caso de que la relación sentimental con su pareja falle en algún momento; esto sería consecuencia de la tendencia a la monogamia imperante en la historia de la humanidad. Según científicos de la Universidad de Texas, los humanos han evolucionado socialmente para ir probando y analizando sus relaciones sentimentales en busca de la mejor opción a largo plazo. «La monogamia de por vida no es característica de los patrones de apareamiento primarios de los humanos», puntualizó el doctor David Buss, que condujo la investigación.

Durante siglos los hombres jugaron a doble o nada como forma de asegurar la procreación y la sobrevivencia. Luego llegó la noción de pecado y lo demás lo conocemos; pero ni siquiera el miedo al infierno acabó con las dobles vidas y el gusto por las infidelidades. Basta con mencionar la invitación al engaño que continuamente promueven los medios de comunicación, la influencia social que moldea personalidades y conduce a la falta de diálogo y comprensión.

Justo es decir que, según Helen Fisher, también los animales experimentan una forma de enamoramiento que les hace preferir a una pareja sobre otra por el tiempo en que la cría se desarrolla. Y señalar que existen parejas, humanas y animales (lobos grises, palomas, pingüinos, etc.), que encuentran la manera de crear lazos fuertes, lograr una convivencia armónica y hacer que la fidelidad se imponga a cualquier condición o propensión genética.

En Anatomía del amor, Fischer intenta desentrañar el problema a partir de nuestra historia como especie. Afirma que en nuestra inclinación sexual se revelan las intenciones de una naturaleza cuyo cometido es la reproducción y con este fin establece dos estrategias: la monogamia serial (relaciones a mediano plazo destinadas a asegurar el desarrollo y la supervivencia de la nueva generación) y la infidelidad ocasional. «De modo que vivimos en un mar de corrientes que tironean nuestra vida de familia en una u otra dirección. Sobre el antiguo mapa de la monogamia en serie y el adulterio clandestino, nuestra cultura proyecta la sombra de su propio diseño. […] Somos más nómadas y existe mayor igualdad entre los sexos. En este sentido estamos volviendo a una forma de vivir el amor más compatible con nuestro antiguo espíritu humano», nos dice Fischer.

Amor y deseo

Por otra parte, el filósofo José Antonio Marina, en su Diccionario de los sentimientos, asegura que el amor no existe; lo que existe es una serie de sentimientos que etiquetamos con esa palabra y que comienza con una emoción que es el punto de partida de todos ellos: el deseo.

Nuestra vida está dirigida por deseos que se tornan tangibles en proyectos y luego en actos. Somos seres lujosos y lujuriosos, es decir, excesivos, como dicta la etimología de ambas palabras. Deseamos mucho más de lo que necesitamos y para obtenerlo somos capaces de alterar el rumbo de nuestro destino, de nuestra historia.

El deseo habita en todas las zonas del amor. No obstante, cabe señalar que el antojo, la lujuria y el capricho son más afines al puro sexo, son sensaciones pasajeras que no requieren de un objeto del deseo idealizado o único; mientras que el amor se reviste de empeño, afán, ansia, avidez y anhelo, vocablos, estos últimos, más afines al trabajo de conquista, a la energía de desear a la distancia, a la idealización de un solo objeto del deseo.

En la sintomatología del amor encontramos el dolor por la ausencia del ser amado y la alegría por su presencia. Una sensación de libertad absoluta porque la vida cobra un sentido que, quizá, había perdido. Deseos de tener sexo, de comunicarse, de estar juntos, de compartir una tarde, una película o una canción, de querer y ser querido.

El amartelamiento o enamoramiento comienza cuando una persona adquiere significado especial y se convierte en un pensamiento que invade la mente; es, como nos dicen José Ortega y Gasset y Simone Weil, una enfermedad de la atención. En esta etapa se ven claramente los defectos del objeto amado, pero se los mira como rasgos distintivos y de signo positivo.

Según estos autores, dos sentimientos dominan las ensoñaciones del enamorado: esperanza e inseguridad. La adversidad es la clave incendiaria de la pasión amorosa. Se experimenta incluso malestar físico (debilidad, mareos) junto con sensación de vulnerabilidad, timidez, miedo al rechazo, impotencia ante ese sentimiento incontrolable que no estaba planeado.

Esto me lleva a recordar que en la Edad Media el enamoramiento se consideraba una especie de enfermedad, una inclinación que nos posee y que no podemos controlar. Resultaba fácil hablar de elixires o hechizos que causaban un rapto a los amantes, pues el amor no era algo racional y lógico, sino una locura irracional descontrolada.

Hoy se admite que el enamoramiento podría ser desencadenado por el olfato. Todos tenemos un olor distintivo; Charles Baudelaire creía que en ese aroma vivía el alma humana. Desde recién nacidos reconocemos el olor de nuestra madre y a lo largo de la vida podemos llegar a recordar diez mil aromas diferentes. En muchas culturas es costumbre regalar pañuelos y manzanas impregnados del sudor del amado o amada.

Los casos de parejas donde ninguno percibe el olor identificativo del otro son escasos y suelen describirse con la expresión «almas gemelas». Estas parejas generalmente tienen un acto sexual apasionado y prolongado en el tiempo y sienten una unión extrema con el otro. Entre 150 casos de parejas con más de 30 años de convivencias encontramos 26 con estas características.

El proceso de enamorarse oscila entre una satisfacción leve con uno mismo y una insatisfacción igualmente leve que se origina en el conocimiento de las limitaciones personales. Las demandas ideales inalcanzables forman el yo idealizado, y las personas enamoradas proyectan ese modelo en el ser amado. Antes de enamorarse la persona se esfuerza en vano por ser el yo idealizado; ahora, en posesión de otra persona real, la toma por espejo y en ella proyecta sus anhelos.

Pero el amor debe ser algo distinto. Requiere de una actitud, de una disposición voluntaria, porque el amor no es automático, es un punto donde la inteligencia negocia con los sentimientos y prolonga la admiración: se inventan pretextos para amar. Así, podemos pensar que todo amor duradero es un esfuerzo creativo. En el acto de amar intervienen la inteligencia emocional y la inteligencia creativa, que dependen una de la otra. Amar no es renunciar al deseo, pues según algunos autores dejar de desear es dejar de vivir, pero el deseo no tiene que ser necesariamente sexual.

Respecto al proceso creativo, toda la vida lo es, y sobre todo el amor. La inteligencia creativa debe estar a las órdenes de todo tipo de amor. ¿Por qué? Porque el desarrollo de la inteligencia creativa desarrolla la inteligencia emocional y viceversa.

La alegría más legítima es la de amar. Todos los actos cotidianos palidecen ante lo extraordinario del amor cuando se llega a amar, y eso sucede a pesar de todo. Amar en serio es alegrarse, como dijera Spinoza, de la mera existencia de ese o esa a quien amamos. Si el deseo es la premisa de todo amor, el amor es el valor mismo. Lo que lo justifica no es el objeto amado, es el propio amor el que le da al objeto amado su valor. El deseo es lo primero: el amor es lo primero. El amor es deseo, fuerza vital, capacidad de gozar y gozo en potencia.

El amor como antídoto

Algunos estudiosos aseguran que la soledad es nuestra verdadera condición y otros sostienen que somos animales sociales por naturaleza.

Si la soledad es la auténtica condición humana, ¿cómo podemos ser uno mismo con el otro, como proponen tantas canciones populares? El error es justamente pensar que de pronto nos hemos convertido en uno, cuando siempre seremos dos (o tres o cuatro o más, como veremos más adelante).

Mientras que el poeta Rainer Maria Rilke define a los amantes como «dos soledades que se protegen, se contemplan, se limitan y se inclinan la una hacia la otra», el filósofo André Comte-Sponville nos advierte que sería un error pensar al otro como un apéndice o instrumento, y sostiene que «el amor es la soledad compartida, habitada, iluminada y a veces ensombrecida por la soledad del otro».

Pero si el amor es la soledad de dos compartida, entonces no es amor verdadero, y menos amor romántico, ni tampoco atracción sexual pura.

Comencemos por determinar que soledad no es tristeza. Aunque la soledad no es el tema de este libro, tiene bordes muy adyacentes al amor. Y está subvalorada.

Si lo que muchos buscan y desean es compañía, pueden lograrla compartiendo momentos con amigos, grupos sociales, familia, mascotas, hobbies, actividades artísticas, etc. Pero buscar novi@ para combatir un sentimiento negativo generado por la soledad llevará a un fracaso de pareja.

Cualquier amor verdadero presupone una relación lúcida con uno mismo y con el otro, que es lo contrario del narcisismo; es la capacidad de aceptar primero la condición propia, frágil, precaria, insatisfecha de uno mismo y del otro. Todas estas son características de una especie contradictoria y deseante que ha construido civilizaciones y culturas a partir de estas condiciones.

«Yo no sé mañana si estaremos juntos, si se acaba el mundo», dice una canción. Lo peor que puede pasarnos es pensar que el amor debe ser eterno y que cada separación es un fracaso. Todo amor es un triunfo que tiene una historia que contar y que vale por el tiempo en que fue. Si Fischer tiene razón y hemos sido infieles y monógamos secuenciales, estamos obligados a hacer de cada historia un momento luminoso, e incluso a intentar prolongarlo.

Creo que sería válido conjeturar que la unión entre Eros (concupiscencia) y el Ágape (benevolencia, amistad) es la apuesta más certera, pues, como Comte-Sponville nos recuerda, ¿quién ignora que hay concupiscencia en la amistad y benevolencia en la pareja? ¿Hay algo más delicioso que hacer el amor con el mejor amigo?

Obedeciendo a la biología y la filosofía, al deseo y la razón, en la apuesta de amores puros e impuros Comte-Sponville se inclina por la violencia, por lo animal y hasta por lo obsceno —según él— de amar de cuerpo entero desnudo. Piensa que las películas pornográficas se acercan más a la pasión amorosa que los libros sentimentales, pues ellas expresan con mayor claridad, incluso naturalidad, esa fascinación que sentimos por la animalidad, por lo sombrío, por el abismo que provoca el amor físico. Según él. Pero, ¿no es acaso la influencia de lo que hemos vivido y visto en nuestra niñez y adolescencia lo que nos forma en los gustos y preferencias futuras? Si para Comte-Sponville la violencia, lo animal y lo obsceno son su deseo y razón, deben de haber influido en él los mensajes sociales recibidos permanentemente. No es de extrañar que muchas violaciones y ataques sexuales sucedan en partes del mundo aparentemente civilizadas, donde los medios de comunicación bombardean los cerebros con esas noticias y relatos. En un mundo donde la prostitución está a la vuelta del bolsillo, es increíble que haya violaciones y ataques en tan alto porcentaje.

Vida y muerte en estado puro. El amor y la alegría son entonces una apuesta, un desafío. No conocen tiempo ni otorgan garantías. Pero conllevan una preparación diaria, un ensayo permanente del uso de la inteligencia creativa y emocional. El amor no es el antídoto para el dolor o el tiempo, mucho menos para la muerte, y por tanto pensarlo infinito o hablar de éxito o fracaso en el amor es como jugar a los dados conociendo de antemano el resultado. Amar es, como dijimos, un acto creativo. El amor no basta por sí mismo y el enamoramiento es solamente un punto de partida.

El amor no es programado ni planeado. Sucede sin nuestro consentimiento, pero no sucede en cuestión de segundos. Eso tan inmediato que algunos bautizan como amor no es más que un deslumbramiento ocasionado por agentes externos al sentimiento de amor; podemos llamarlos belleza, inteligencia, ternura, pero no amor.

Si colocamos dentro de la categoría de amor cualquier otro sentimiento surgido en segundos o minutos o instantes estaremos denigrando el mayor y más positivo sentimiento del mundo. Pero si utilizamos nuestra inteligencia emocional y nuestro conocimiento podemos aprender a controlar los inicios y el desarrollo del amor, a detectar las causas de esa atracción para evitar una catástrofe sentimental ante las primeras evidencias de un posible fracaso o daño o sufrimiento.

No nos olvidemos

no olvidemos nunca

porque olvidar

es repetir amores

castigos amorosos

si ya tenemos cuentos

de errores

y actitudes

de perpleja agonía

no nos olvidemos

de que el miedo

destruye la alegría

no nos olvidemos

porque recordar será preciso

cuando las horas cambien

y los juramentos sobren.

Del libro Asesinas mi amor con plumas de ángeles (María Raquel Bonifacino, 2014)

El amor muere porque nosotros, quienes lo sentimos, morimos también. Se ama intenso, aquí y ahora.

Oscar Wilde contó alguna vez la historia de un incauto que caminaba alegre por la vida. Otro que iba pasando le preguntó, asombrado, si no pensaba en la muerte. El hombre alegre le contestó que no sabía qué era eso, así que el inquisidor se lo explicó. En ese momento el hombre alegre se puso a reflexionar sobre la muerte y cayó muerto.

El amor se goza, se vive. Se le permite que estire sus ramas como un árbol que crece y con ello cuenta su historia, pero no se lo cuestiona, pues su magnitud no está en la duración sino en su afán de estirarse y tocar al cielo sin preguntarse nunca hasta cuándo (mientras se es feliz, por supuesto).

Muchos autores describen el amor, de diversas maneras, como algo que nace, crece y desaparece, trae alegrías, tristezas, tormentos y dudas. ¿Es esto realmente el amor? ¿O son juegos adictivos que nos hacen sentir vivos sufriendo y gozando como si nuestro cerebro fuera un punching ball de hormonas y sentimientos?

¿Hasta qué punto realmente nos gusta sufrir? ¿Es el amor por sí solo el que nos hace sufrir? ¿O son las hormonas culpables de adicciones como la pasión y el sufrimiento? Quien ha sufrido por amor no quiere volver a pasar por lo mismo.

¿Es el amor felicidad? ¿No tenemos todos en nuestro interior la idea clara de que el amor es eterno? ¿El amor, si no es para siempre, desaparece con la separación? ¿O solamente baja el nivel de hormonas, como quien quita un velo y ve la realidad? El tiempo es muchas veces el encargado de correr ese velo.

El amor no tiene nada que ver con el dolor. Dolor es lo contrario de amor, sufrimiento es lo contrario de amor. El sufrimiento enferma. Sí, enferma, pues sufrir baja las defensas, desequilibra el organismo y provoca afecciones. Sufrir no tiene nada de positivo.

Pero estamos influenciados por autores, canciones, tangos, cuentos, historias de vida, películas, escritos, poemas y novelas que nos hablan del amor, de un amor dañino, y es ese el amor en el que creemos por influencias sociales. Nos hablan de un amor sufriente, y hablan tanto que ya estamos convencidos de que es así, sin estudiar ni investigar más allá de lo que nos dicen.

Somos seres influenciados por la sociedad, y al decir sociedad abarco la familia, la educación, los amigos, los medios de comunicación (cine, revistas, libros, canciones, televisión, etc.). Si escuchamos desde chicos que las personas sufren por amor, estaremos predispuestos y dispuestos a sufrir por amor y programaremos nuestro ser para ello. Estamos tan atentos a los mensajes del entorno que no nos detenemos a sentir con nuestra inteligencia emocional, esa que nos indica desde nuestro profundo conocimiento lo que puede ser y lo que no es. Para decirlo con palabras que suelen atribuirse a Confucio: «miramos, pero no vemos; escuchamos, pero no oímos».

maria-raquel-bonifacino

Este texto es un fragmento del libro Amantes seriales (Buenos Aires, 2018) de María Raquel Bonifacino. Es reproducido en Engarce con el contentimiento de la autora y sin modificaciones al original.

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