Un día cualquiera

José Luis Salgado

Amanece y la aurora recrudece la violencia, ese mismo triste andar

con los ojos agachados presagia la tormenta de estómagos vacíos.

Entre las rendijas corre agazapado el miedo: ¡Qué comeremos mañana!

¡Ese pan ya no me alcanza! Hay grito en las vecindades,

y en estas cuatro paredes la queja queda encerrada.

Ululares de sirenas pregonan por las calles accidentados daños colaterales.

De las tinieblas, las luciérnagas de plomo lanzadas

contra nosotros pulverizan nuestra endeble armadura espiritual.

¡Ah!, bella ciudad iluminada con disparos. Entre lodo y mierda gritan los marranos

que es natural caminar entre los muertos.

Enormes convoyes recorren la ciudad con vehículos artillados.

Esquirlas de temor vuelan, se incrustan acallando nuestras voces;

ahora estamos infectados. Nuestra libertad de pensamiento

cayó en el campo de batalla. Los niños pervertidos juegan placenteros

entre los charcos de sangre donde ranas y ajolotes nacen deformados;

viven divertidos, ahora son políticos, al rato, magistrados;

solo se mimetizan, anhelan llegar primero.

En la bolsa de valores la dignidad tiene precio.

La ganancia es el camino de aspiración celestial.

La vida tiene caducidad, la balanza es arreglada;

si le da cuerda al reloj, la justicia está comprada.

Alerta, si no llevas fuerza para vender al mercado,

en el camino no tendrás para comprar un bocado.

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