Soliloquio en la vigilia

Salvador Montediablo

Algunas veces ni la muerte escucha los sonidos de un vago extraviado en el tiempo, ni la fatalidad se apiada de alguien muerto en el olvido, ni la ansiedad permite que el temblor de mi mano lleve dignamente un trago de vino a mis labios resecos; y todo duele sin hacerlo, como el dolor que un día llegué a sentir.

Cuando después de muerto alguien dijo en mi funeral que el hombre ha nacido para morir, en mí se desvanecieron las esperanzas del descanso. Descansar…, ¿qué quiere decir eso? Y entonces quedó solo aquella bruma; perder el tiempo y esperar a la verdadera muerte, a la absoluta, a la muerte de muertes y entonces poder dormir e irme.

Camino entre los vagos y sus fuegos sin sentir calor, bebo sin embriagarme. ¿Quién me despertó de esa maldita tumba? Las noches, en las que tengo sueño y no puedo siquiera cerrar los ojos, pueden producir una insoportable desesperación a tal grado de matar a otros más errantes a golpes. Pero ellos sí mueren, yo solo estoy por estar, sin que nadie me crea, sin que vean mi cuerpo que no se descompone. Un alma escapó desde hace mucho de este envoltorio de ropas viejas y carne congelada por el olvido del sueño eterno. ¿Qué resulta de andar y andar, de perder la propia identidad y convertirse en pasos noctámbulos y días sin color?

Intentar suicidarme solo me recuerda a la oscuridad, la amarga oscuridad que procedió de la muerte. ¿Es que acaso la muerte cuando perdí la vida se olvidó de mí, como Dios cuando la tenía? Un día casi pude sonreír, ¿eso significa que mejoro?, tal vez sí, tal vez puedo buscar mi espíritu por ahí, por donde las ratas esperan un pedazo de mierda y el colectivo ora de rodillas mientras sus lenguas de serpiente escupen ácido a sus crías. Cuando vives y eres un escritor (porque recuerdo que eso fui), no queda más que esperar un par de tetas alguna noche de agosto en un cuarto de hotel en Las Vegas. Pero no más empiece a oler mi hedor a putrefacción, me descompondría por partes y mi carne se derretiría entre el calor de las masas, y mis ojos colgarían de mis retinas mientras espero a que canten los ratones en el basurero. Incluso eso es mejor que esperar a que les crezcan alas a las serpientes. No tuve tiempo, ¿cómo perderlo?

No sé si soy un zombi, no sé si soy un experimento de algún laboratorio ruso. Conmigo no aplica eso de hágase la luz, aunque esté brumosa; pero, ¿qué soy?, ¿por qué después de ser arrollado por una luz en las vías y ser enterrado y llorado tuve que levantarme? Mi esposa no es buena cocinando, ¿a qué regresar?, o ¿por qué no irme?

Y así una y otra vez pienso mientras camino por el cementerio e intento regresar adonde me desperté y dormir. Hay grillos, y su cantar lo confirma. ¿Existieron esos sonidos en la oscuridad, mi oscuridad? No encuentro respuesta a esas preguntas. Qué maldito sentido tiene hacérmelas si soy un esqueleto en estado de descomposición que se despertó antes del fin del mundo, ¿qué pasará después de que vuelva a acostarme en mi ataúd en esta cripta húmeda y tan silenciosa?

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