Poemas

José de Jesús Gutiérrez Aldrete

Oda al hombre que calculaba

Me gustan las matemáticas tontas,
que tontamente no creemos matemáticas,
esas que matematizan cada «tontería»,
esas que cuentan detalles «sin importancia».

Contar, por ejemplo, las margaritas que florecen
o cuántas veces una monarca bate sus alas.
Contar, contar todos esos peces,
contarlos por colores… ¡Hay muchos naranjas!

Contar, por ejemplo, las gotitas de lluvia en mi ventana
(ocho, quince, cuarenta, dos mil ciento siete…)
o contar cuántos pájaros me cantan esta mañana
cuando espero sean más de lo que mis manos a contar alcanzan.

Contar, por ejemplo, los bigotes de un gato
o los minutos que vive una noche estrellada.
Contar, contar los azulejitos del patio
y descubrir que hay más gotitas en mi ventana.

Contar, por ejemplo, los puntos de las catarinas,
los hilos de las arañas o las manchas de Saturno.
¡Contarle a Dios, creador de mi contaduría!, de todas esas cuentas que me tienen taciturno.

Contar, por ejemplo, contigo,
contar las veces que atraviesas mis sentidos.
¡Contar las veces que repito tu nombre!
Contar, sin pensarlo mucho, las veces que repites el mío.

Contar sueños, contar fantasías,
¡dejar que se me agrande el alma!,
que en esos números la belleza se empalma
y sin esos números la vida nada sería.

Porque de otra forma es ciencia muerta,
porque en ellas hay más que problemas,
porque cuentan los versos de un poema,
¡me encantan las matemáticas tontas!

Yo también la quiero mucho

¿Por qué se va?
¿Por qué se fue?
Si a ella la hice llorar,
¡si por ella yo lloré!

¿Con qué se llenarán
los vacíos de mi perder?
¿A dónde fue a parar?
Solo Dios ha de saber.

Sabrá Dios si voló al mar,
sabrá Dios si voló al sur,
pero seguro lo sabe Dios
pues la conoce muy bien.

Sabrá Dios si voló al pinar,
sabrá Dios si voló al alud,
pero seguro voló
y no sé si va a volver.

Sus alas eran para cobijar,
para cuidar, para proteger.
¿En qué momento pudo ser
que se hicieron para surcar?

Sus alas eran muy grandes,
¡qué problema!, ¡qué pesar!
Sabía que a más podía cobijar,
a más cuidar, y a más querer.

¡Sus alas eran gigantes!,
¡qué belleza!, ¡qué verdad!
Y afuera somos tantos,
¡por eso tenía que volar!

¡Y por eso la quiero aun más
en los rincones de mi andén!
Porque sé por qué se va,
porque sé por qué se fue.

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