No soy Gilles Deleuze… El masoquista, un cuerpo sin órganos: una nueva erótica en la filosofía de Gilles Deleuze

Juan Rey

La voluptuosidad en efecto no puede ser definida como una categoría lógica. […] la impotencia del lenguaje es irrisoria.
Georges Bataille

El masoquista tendrá que entenderse desde lo diferente para alcanzar aspectos desconocidos tanto por quienes llevan a cabo el proyecto, como por quienes observan el proceso; no para encerrarlo o esclerotizarlo, sino para darle un avistamiento inaudito. El cuerpo del masoquista se pone en riesgo para que le sean atravesados magnitudes insospechadas y tanto más de novedosas. Todo ese sometimiento y anudamiento tiene una complejidad que va más allá del cuerpo organizado; es un cuerpo inorgánico innovador erotizado por fluctuaciones imperceptibles. No es un enfermo, un desviado, un pervertido en los sentidos que el sistema cataloga con esas valoraciones. Será tanto eso como un anormal insistente, buscador de regiones desconocidas en la geografía del corpus, una arquitectura sicalíptica atravesada por ondas tanto de dolor como de deseo. El placer ha quedado rebasado y suprimido para dar paso a lo eminente —e inmanente— de lo infinito. Es cuerpo zurcido a fuerza de construirse otra corporalidad, aunque es cierto que también contiene sus riesgos de aniquilación o exceso. Habrá que contener la conveniente prudencia con la que podamos actuar sin caer en la oquedad. Porque, como comentamos, no se trata de exterminar la subjetividad —el Yo—, sino la organización; evanecer los estratos para diluirlos en beneficio de un flujo a-subjetivo; tratar heroicamente de materializar el espíritu, claro, hasta donde nuestras energías nos lo permitan.

Vayamos todavía más lejos, todavía no hemos encontrado nuestro CsO, deshecho suficientemente nuestro yo. Sustituid la anamnesis por el olvido, la interpretación por la experimentación. Encontrad nuestro cuerpo sin órganos, sed capaces de hacerlo, es una cuestión de vida o de muerte, de juventud o de vejez, de tristeza o de alegría. Todo se juega a ese nivel (Deleuze y Guattari, 2002: 157).

No es asunto de estantiguas, sino la funcionalidad de un genuino planteamiento: la gran revelación y distinción que hay con una interpretación de tipo sicológico o siquiátrico; aquí es el proceso antisicoanalítico con un cuerpo inanimado. Un proceso emisor de pulsiones que deriven en horizontes inhóspitos a riesgo de engendrar auténticos choques reveladores. Lo que toda operación de diván intenta es descifrar a los supuestos espectros y convertir todo lo que venga del abismo del inconsciente en conjeturas familiares. Sin embargo, lo que habrá que erradicar son las subjetividades y significancias. Por ello fallan los procesos de entendimiento y de desplazamiento, ya que es un nuevo movimiento. No es una atrofia, un vicio, sino una línea de vida extraña por ser desconocida, pero extraordinariamente temeraria por las zonas que se están dispuestas a recorrer; en tanto más inconcebibles mejoran en su frondosidad.

Hay dos ristras que son expuestas: lo que acontecerá y lo que está sucediendo; son pliegues diferentes de lo que se quiere que emane del cuerpo masoquista, y lo que se obtendrá de su procedimiento, son los dos lados de la misma moneda. Una es la técnica que nos apropiamos para crear un cuerpo en génesis y, la otra, para desplegar las intensidades que requiera la singularidad dispuesta a traslucirlas. La realidad hecha por el masoquista es un cuerpo sin órganos acoplado en condiciones particulares con la inquietud de que transiten por él tanto o más potencias de contrición, no para que sean petrificadas en culpa, vergüenza o venganza, sino para que tengan la osadía de circular hacia el desenvolvimiento y descubrir lo impensable, lo invivible.

El filósofo Gilles Deleuze nos advierte que resulta embustero decir que el masoquista busca el dolor e inquiere el placer de forma degenerada. Este último explora un cuerpo des-organizado en el que pueda ser rebosado por el estertor, en eficacia de la naturaleza exclusiva con la que ha sido edificado este armazón apodíctico. Construye una metrópoli repleta de suplicios para el deambular de los cardúmenes, un prodigio en el imperio que él ha originado y segregado.

El masoquista busca un cuerpo sin órganos, pero de tal tipo que sólo podrá ser llenado, recorrido por el dolor, en virtud de las propias condiciones en que ha sido constituido. Los dolores son las poblaciones, las manadas, los modos del masoquista-rey en el desierto que él ha hecho nacer y crear (Deleuze y Guattari, 2002: 158).

Se trata de un proyecto de ensayo de proporciones afiligranadas porque lo que no se debe permitir del cuerpo inorgánico es el raquitismo, la desmesura y el suicidio. Es cierto que existirán siempre esos riesgos, pero la cautela deberá estar siempre prorrogada; está latente el peligro de una concavidad permanente. En cada incidente será variante lo que haga deslizar o bloquear al cuerpo sin órganos del masoquista; un amarre, una cosida, un golpe, una patada, un rasguño, un miembro no lo suficientemente sujetado. Tendremos siempre que hacer una revisión para saber qué sirve en el momento idóneo para su dichosa particularidad.  El cuerpo antropomórfico empobrece los designios del masoquista. La corporalidad que busca es aquella que se encuentra repleta de grifos, aposentos, depósitos, receptáculos, y conductos; una intencionalidad legítima para cada miembro, un croquis siempre en original.

El cuerpo sin órganos del masoquista no demanda ser un espectáculo, así como tampoco tiene que ver con traducciones de la sique; la misión, no obstante, es la transmigración de las fuerzas, componente que se diluye en determinadas circunstancias para dar origen a lo no pensado. Aquí no es la asignación de lo negativo, nocivo o pernicioso; más bien, es la averiguación de lo desconocido para poder encontrar una nueva piel, un nuevo pensamiento: un cosmos inédito, una lascivia geográfica en pro de lo veraneante y jamás atrapado en los estereotipos. Puede que existan otros medios —tal vez más virtuosos o menos arduos— igualmente por descubrir. Sin embargo, a lo que apelamos es que cada cuerpo requiera en su singularidad hacer algo distinto, algo desconcertadamente propio.

Bibliografía

Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix (2002). Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s