I

Alberto Aguilar

Un día me dije: «De qué me sirven tus recuerdos sino para masturbarme». 

Ya no sé más, lo juro. Algunos recuerdos son eso: «masturbatorios». No en el sentido sexual, sino simplemente como una satisfacción no concebida; un mal sexo o uno sin consumar; una pierna o una mano feroz; un beso sin saliva; un «te quiero» sin justicia, porque el amor es eso: «justo». 

Qué sé yo de amor, mal amado, desencariñado. Amor de tres, de cuatro, de cinco o seis, de días, de meses, de simples caricias, porque las caricias son eso: «tiempo».

Qué sé yo de amor, dime tú, y sólo tú, amor amante, amante enamorada, amante sin amor, lila perpetua, espina perenne, flagelo constante, hoja sin rumbo, pétalo sin dueño, perfume de ayeres, fantasmas sin gloria, eterno desencanto, estupidez continua.

No lo sé, lo juro, ni de cierto ni de falso, ni si espero o si ando; no sé si vivo o si te pienso, porque el pensarte es eso: «morir».

Ya no me digas nada, que el decir sólo calla, que el amar solo dice; que le temes a la nada, porque tu amor es eso…

Ya no quiero tus recuerdos. De qué me sirven sino para masturbarte, para fingir que me besas, para callar que me finges, para sentir que me piensas, para pensar que me sientes, para olvidar que te mato, para matar que te olvido.

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