El machismo y sus males (in)visibles. Las huellas ácidas del terror

Andrea Lozano

Hace poco que el rostro de María Elena Ríos, saxofonista oaxaqueña, se desvaneció en el ardor del ácido que le rociaron el pasado 9 de septiembre de 2019. El ácido alcanzó a perpetrar su marca indeleble en rostro, brazos y piernas, hasta quemarle casi la mitad del cuerpo. De este fatal y machista crimen han caído ya dos autores, pero el intelectual sigue libre.

Este caso enfoca de nuevo la mirada a las docenas de casos de mujeres marcadas por ácido, víctimas de una de las violencias de género más dolorosas que existen y que, de manera lastimosa, muchas mujeres viven en silencio el calvario físico y psicológico de estos ataques.

¿Qué es lo que motiva a aquellos hombres a atacar el rostro de una mujer, principalmente, con ácido?, sí, en su mayoría, son hombres. Las estadísticas son difusas, creo yo, ya que en la actualidad los medios de comunicación se enfocan en otros tipos de violencia, pues relegan y pasan desapercibidas a las víctimas de agresiones como la anterior mencionada, aunque las huellas sean más que visibles. Sin embargo, me parece pertinente colocar la siguiente estadística proporcionada por la Acid Survivors Trust International (ASTI), extraída del sitio web de Canal 44: el canal de las noticias:

En el mundo ocurren cerca de mil 500 ataques con ácido, de los cuales el 80 por ciento es contra mujeres, por lo cual la organización Acid Survivors Trust International (ASTI) los considera violencia de género. Además, estima que el 60 por ciento de los ataques no se denuncia, «a menudo, por miedo o vergüenza» (Canal 44, 2019).

Los atacantes por lo general se encuentran motivados por el rechazo, afectivo o sexual, que sufren de la mujer que posteriormente se vuelve su víctima. La intolerancia a este rechazo, la incomprensión y la frustración ante la mujer que no se puede poseer, desembocan en una expresión de violencia llevada a cabo mediante un ataque. Aunque este tipo de ataques suelen ocurrir con mayor frecuencia en países como Bangladesh, Uganda, Pakistán e Irán (Norza Céspedes et al., 2019: 450), no se puede ni se debe descartar que dicha expresión de violencia ha sido invisibilizada en México, y que fue hasta el caso de María Elena Ríos que se han volteado los ojos a las víctimas de esta horrenda violencia.

Desde mi punto de vista, no es en sí el rechazo el que motiva este tipo de ataques, sino la falsa idea de posesión de la mujer, que persiste en una gran cantidad de hombres, quienes, al ver sus deseos frustrados, desembocan en tal grado de intolerancia que finalmente recaen en este y muchos otros tipos de violencia de género. El ataque con ácido resulta en particular tan perverso que, pienso, surge de la necesidad que tiene el atacante de ver a su víctima sumida en el profundo aislamiento social que él cree que merece por haberle rechazado; una venganza que, como dije, deja secuelas físicas y psicológicas bastante profundas, que además afectan socialmente a la víctima, su capacidad para relacionarse con el resto de las personas. En la mente enferma de un atacante de este estilo surge la idea de aislar a la que considera «su mujer» del resto de los hombres o prospectos; incluso, poder conservar su «posesión» al saberla relegada de la sociedad y de los círculos sociales que en algún tiempo ella mantuvo. Además, el perpetrador suele considerar este tipo de agresión como una especie de castigo que la víctima «merece» por «faltarle» o «rechazar» el «amor» que él le profesaba e, incluso, como una forma de privarla de su belleza y sensualidad; de ahí que el rostro sea el principal blanco de este tipo de agresiones.

Sin duda, todo lo anterior representa una sarta de imaginaciones ancladas a un machismo inherente que surgen en el victimario. Este machismo se reafirma de manera constante en su mente a través de una cultura donde la mujer debe «aceptarle» pese a que ella no se encuentre del todo cómoda con la relación, por el simple hecho de que él, supuestamente, la ama con sinceridad.

El hombre machista debe respetar la decisión de la mujer. El problema es que manifestaciones como las expuestas parten de un imaginario machista, el cual considera a la mujer como subordinada, pues debe actuar de forma pasiva y benevolente ante el acoso que sufre tras negarse al hombre de cualquier forma.

De aquí a que el macho se deconstruya y aprenda a lidiar con el rechazo, que nace principalmente de una educación machista, casos como el de María Elena Ríos fungen como un permanente recordatorio de la escasa tipificación de estos delitos (Canal 44, 2019).

Bibliografía

Canal 44 (2019). Desfiguradas, lisiadas, ciegas y solas: 10 mujeres atacas con ácido esperan justicia. Recuperado de https://canal44.com/2019/12/desfiguradas-lisiadas-ciegas-y-solas-10-mujeres-atacadas-con-acido-esperan-justicia.

Norza Céspedes, E., Moreno Rodríguez, J., Ausique Penagos, J., y Nieto García, L. (2019). Ataques con ácido: motivaciones y consecuencias para las víctimas y victimarios. En García-López, E., (Comp.), Psicopatología de la violencia en México (pp. 240-265). México: Manual Moderno.

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