Descripción de un estado particular de tristeza dominical

Erik Borruel Rodríguez

Los domingos por la tarde regularmente me veo presa de un dolor punzante en la nuca, un poco inclinado hacia alguno de los lados según sea el caso y el sollozo. La gravedad oprime suave la sesera, como acariciando misericordiosa con ritmo y precisión milimétricos, levanta un velo púrpura sobre mis párpados y machaca mis nervios. Las suaves paredes del cuerpo resguardan algo que ya no importa; aquel trozo de madera quemada que tengo por corazón, que bombea por los bichos que saltan sobre él y lo roen, hacen agujeros a sabiendas de que no me duele y quieren que se sientan sus pasos. Tienen la esperanza, pobres bichos, despojos del dios-vampiro, de que su baile místico me conmueva, pero en lugar de eso imagino que después de una fina incisión —que lastime mas no hiera gravemente— abriendo mi caja torácica e introduciendo mi mano con violencia, sacaré mi corazón rebosante de miel y lo engulliré, incluyendo a los verdugos diminutos, para masticarlos hasta el fin de los días mortales, en el instante preciso que concebimos como el lugar en que nacen las historias.

Erik Borruel Rodríguez es estudiante de la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Sus familiares dicen que es un mito. Tiene más de 20 años y aún cree en el punk.

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