Teléfono móvil y conectividad inalámbrica, ¿inofensivos?

Mario López Araiza Valencia

En la actualidad, el avance tecnológico nos ha regalado la comunicación a distancia, la maravilla de conectarnos en segundos con las personas que nos rodean. Cada noche, antes de dormir, enviamos o recibimos algún mensaje, antes de dejar el teléfono móvil junto a nosotros. ¿Nos hemos preguntado si tiene algún riesgo hacerlo? La exposición a las radiofrecuencias puede esconder la respuesta.

Las radiofrecuencias son emisiones de energía mediante ondas y partículas en el espacio, pertenecientes al rango entre 3 kHz a 300 GHz del espectro electromagnético (Frizzera, 2007). En este rango podemos encontrar a la telefonía celular, antenas transmisoras y dispositivos Wi-Fi. Este tipo de radiofrecuencias se clasifican como radiaciones no ionizantes: son de baja energía y se asume que no tienen la capacidad de romper enlaces atómicos y dañar a los seres vivos.

La realidad, sin embargo, es que desde la proliferación de los servicios de telefonía celular y el internet inalámbrico (inicios del año 2000 de acuerdo con la Unión Internacional de Telecomunicaciones) la exposición a las radiofrecuencias  ha aumentado de manera alarmante. Siempre nos encontramos en contacto directo o indirecto con ellas; el teléfono móvil es nuestro acompañante en todas nuestras actividades. Revisamos las redes sociales mientras vamos de camino a las labores, al despertar y al ir a dormir, durante las comidas y aun cuando estamos en compañía de otras personas. El módem de Wi-Fi de los hogares y centros de trabajo permanecen encendidos las veinticuatro horas del día. En el exterior, las antenas transmisoras se localizan cerca de nuestros hogares, centros de estudio o trabajo, las observamos surgir en nuestro trayecto diario entre las edificaciones.

Ante una exposición perpetua a las radiofrecuencias, debemos tomar en cuenta que pueden llegar a ser un riesgo para nosotros. La información de diversos estudios indexados en las bases de datos Web of Science y Pub Med, permiten describir los efectos de la radiación no ionizante sobre los organismos, induciendo cambios físicos o bioquímicos. El mecanismo de daño ocurre mediante oxidación del material celular. La piel es uno de los tejidos de contacto inmediato con los teléfonos móviles, por lo que se ha estudiado la exposición de células de tejido cutáneo a las radiofrecuencias. Se encontró que ocurrían cambios en las células, expresados en los genes que regulaban el crecimiento celular y en el incremento de la síntesis de ADN como respuesta al estrés (Pacini et al., 2002). Los ojos también pueden sufrir daños por exposición prolongada a las radiofrecuencias, ya que la falta de flujo sanguíneo destinado al enfriamiento de la córnea se asocia con irritación y desarrollo de cataratas (Zamanian y Hardiman, 2005). Con respecto a los oídos, se encontró una asociación entre radiofrecuencias y el crecimiento de un tumor denominado neuroma acústico (Khalil y Nunez, 2006).

Otras afectaciones son el aumento en la ruptura de las cadenas de ADN en células del cerebro y cambios en los mecanismos de reparación del ADN. Algunos efectos incluyen la progresión de distintos tipos de cáncer. A nivel organismo, se han reportado cambios en las funciones cognitivas. Personas viviendo cerca de estaciones de redes de telefonía 2G y 3G, reportaron mareos, dolores de cabeza, erupciones en la piel y alergias (Levitt y Lai, 2010).

El órgano sobre el cual actúan las ondas emitidas por los teléfonos celulares es el cerebro. El hipocampo es la parte que presenta mayor sensibilidad. Los síntomas de la exposición a este tipo de radiaciones abarcan insomnio, dolores de cabeza, alteración cognitiva y modificaciones a nivel celular. Se ha asociado la exposición prolongada a radiofrecuencias con el desarrollo de tumores cerebrales. También se ha relacionado con modificaciones en la comunicación hormonal entre el cerebro, la glándula pituitaria y el sistema reproductor (Paulraj y Behari, 2012).

Otros sistemas afectados por las radiofrecuencias son el cardiovascular y el hematopoyético. Además, se ha reportado asociación entre el desarrollo de leucemia en niños y la exposición prolongada a campos electromagnéticos generados por ondas de baja frecuencia (Schüz, 2011).

A pesar de la creciente información sobre los efectos de la radiación no ionizante, existe desconocimiento entre la población debido a que poco se comenta entre el sector salud, menos aún por parte de los gobiernos acerca del tema. Ni qué decir de las empresas de comunicaciones, donde la prioridad es mejorar la conectividad y distribuir modelos cada vez más modernos de dispositivos telefónicos. Ni siquiera existen ordenamientos jurídicos que amparen a la población de las consecuencias de la exposición a las radiofrecuencias. La dificultad aumenta ante la imposibilidad de determinar si los efectos a la salud se pueden atribuir al contacto con las radiofrecuencias, considerando la cantidad exacerbada de tóxicos con los que estamos en contacto diariamente y el estilo de vida de cada persona. Aun con ello, el hecho de que no exista una causalidad directa, no exime que la exposición a radiofrecuencias impacte en nuestra salud. Si en nuestras manos está evitar una de las agravantes, es mejor optar por reducir la exposición.

Por ahora lo que podemos hacer es informarnos, intentar repensar y replantear nuestro modelo de consumo, de la necesidad de estar siempre conectados. Reflexionar sobre la utilidad de mantenernos expuestos permanentemente o atenernos a los efectos de una problemática poco comentada entre las prioridades de la vida cotidiana. Algunas formas de protegerse desde el entorno inmediato son no guardar el teléfono móvil en los bolsillos de la ropa, mejor cargarlo en la mochila o el bolso; apagar los dispositivos Wi-Fi durante las noches; mantener el teléfono apagado o en modo avión. Pueden parecer medidas poco fructíferas que van en contra del cómodo modelo de vida que solemos llevar, pero mientras podamos moderar un poco de todo aquello que aqueja a nuestro organismo, podremos avanzar hacia una mejor calidad de vida. El tema de la legislación al respecto y la exigencia a las autoridades y empresas sobre la regulación de antenas y conectividad inalámbrica es un asunto que comentaremos en el futuro.

Referencias

Frizzera, V. (2007). Radiaciones no ionizantes. Buenos Aires: Comisión Nacional de Telecomunicaciones.

Khalil, S., y Nunez, D. (2006). Do mobile phones have a detrimental impact on auditory function? The Journal of Laryngology and Otology, 120(10), 822-826.

Levitt, B., y Lai, H. (2010). Biological effects from exposure to electromagnetic radiation emitted by cell tower base stations and other antenna arrays. Environmental Reviews (18), 369-395.

Pacini, S., Ruggiero, M., Sardi, I., Aterini, S., Gulisano, F., y Gulisano, M. (2002). Exposure to global system for mobile communication (GSM) cellular phone radiofrequency alters gene expression, proliferation, and morphology of human skin fibroblasts. Oncology Research Featuring Preclinical and Clinical Cancer Therapeutics, 13(1), 19-24.

Paulraj, R., y Behari, J. (2012). Enzymatic alterations in developing rat brain cells exposed to a low-intensity 16.5 GHz microwave radiation. Electromagnetic Biology and Medicine, 31(3), 233-242.

Schüz, J. (2011). Exposure to extremely low-frequency magnetic fields and the risk of childhood cancer: update of the epidemiological evidence. Progress in Biophysics and Molecular Biology, 107(3), 339-342.

Zamanian, A., y Hardiman, C. (2005). Electromagnetic radiation and human health: A review of sources and effects. High Frequency Electronics, 4(3), 16-26.

Mario López Araiza Valencia (León, 1992). Ingeniero ambiental egresado de la Universidad de Guanajuato. Escribe combinando su carrera con su pasión por las letras. Miembro del Colectivo Letrantes, Eco Líder, actor de teatro, viajero.

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