Magnolia

Tania Rivera

La ciudad florece. El perfume del sudor femenino se funde con los árboles maduros por el paso de la primavera. El aire eleva las corolas vaporosas de las mujeres, vestidos cortos que parecen rehiletes coloridos en la brisa. Todo parece vivo, palpitante.

Es mediodía y yo te espero en el café de siempre. El mundo entero hierve. Veo por la ventana cómo el calor emana del pavimento, su calidez sube hasta las mejillas de la gente y las perla de sudor. Enfrente del café hay una magnolia moribunda que desentona completamente con el morado despertar de sus hermanas las jacarandas y bugambilias. Consulto el reloj: Llegarás tarde.

El chirrido de unos neumáticos en el concreto candente hace que gire de nuevo: es un camión del que se bajan unas personas con sierras, tijeras y una escalera. Intento no pensar en ello y me abanico con el menú que el mesero insistió en dejar, aunque sabe que tú pedirás un cappuccino como cada vez que venimos (ojalá alguna vez pidieras una limonada, un té chai o una cerveza para variar). Considero pedir tu café para que esté listo cuando llegues, pero el pánico de saber que tal vez no acudas a nuestra cita lo impide. Otra chica en una mesa cercana se ha llenado los labios de espuma y pienso en los tuyos impregnados de esa misma sustancia.

Un jaleo en la calle me hace desistir de llamarte por teléfono y pedir una explicación de tu retraso, en cambio observo a un anciano que discute acaloradamente con los hombres de las tijeras: señala la magnolia moribunda y sus interlocutores se ríen. Ellos cortan las ramas del árbol, dejando en el camino oscuras hojas secas y palitos enmohecidos que ruedan hasta las coladeras. El anciano intenta reunir todos los trozos de la magnolia que tapizan el suelo mientras grita y llora. Los trabajadores se detienen un momento para consultar con su supervisor qué hacer con el anciano. Yo me levanto y cruzo la calle, ignorando el grito del mesero en la entrada.

No tardo mucho en informarme de lo ocurrido y me hacen un resumen de lo que ya había contemplado desde la ventana: los hombres tienen la instrucción de cortar la magnolia y el anciano se opone. Nada puede hacerse, pero él insiste, hay verdadera desesperación en sus ojos de un candor juvenil que no ha envejecido contrario a la boca que ruega. Hablo con el supervisor, le digo el nombre de mi padre (ese que tanto odias) y amenazo con llamarle si no se detienen. Piensa un momento, yo le dedico la mirada de mi padre cuando me regañaba por trepar árboles y estropear mis zapatos nuevos. Finalmente hace una señal y el camión se marcha junto con los trabajadores.

El anciano suspira y comienza a sollozar de gratitud. Yo desvío los ojos con hastío. No soporto el sentimentalismo, ni siquiera cuando digo que te quiero ante tu insistencia por oír esas palabras todos los días y a todas horas, sin embargo hay algo que despierta mi curiosidad en ese hombre y exijo saber el motivo de la negación a la muerte del árbol. Él simplemente señala la corteza y veo dos nombres entrelazados, letras que se confunden con los pliegues secos del tronco.

—Ella murió hace tres meses —dice mientras acaricia la inscripción.

En respuesta suspiro con impaciencia, ahora el que va tarde soy yo. Observo la magnolia que he salvado; nunca comprenderé la forma en que el amor impone sus escenarios, para el viejo el amor está en ese follaje agonizante, para nosotros en un antro de mala muerte… Ninguna reflexión debe hacerse sin un buen cigarro. Saco uno y le ofrezco al viejo, éste continua mirando el árbol y me ignora.

Sopeso el encendedor en mi mano e intento encender un cigarro mientras consulto la hora, quizá ya llegaste. Miro al hombre que observa su altar, me acerco a despedirme pero antes batallo con el encendedor que no permite que el tabaco se prenda. Recuerdo entonces tus regaños constantes y las recomendaciones de comprarme otro encendedor; pero pienso en tus ágiles dedos sosteniéndolo e iluminando mi vida —y mis cigarros— y creo comprender un poco lo que siente el anciano. El amor se materializa en la mecha, la rueda dentada, el pequeño contenedor platinado.

Aquel hombre me mira de repente y parece leer en mi cara el recuerdo de la tuya. Sonríe y pide que le dé mi encendedor, yo cedo con cierto recelo. Sus manos son viejas, torpes y temblorosas, tan agrietadas como la magnolia. Hace una seña para que me acerque y luego intenta encender mi cigarro sin éxito.

Una ráfaga de viento aparece justo cuando el encendedor vomita chispas, la llama crece,  salta y alcanza la magnolia, ésta no tarda mucho en ser consumida por el fuego y se reduce a cenizas. El hombre cae de rodillas viendo el incendio, llora en silencio, mi encendedor cae al suelo y su destello plata parece un guiño a nuestro infortunio: el amor ha perecido.

No sé qué hacer. A mi alrededor escucho los murmullos de la gente, se acercan al anciano e intentan levantarlo. Todo es inútil, la mirada del viejo busca algún rastro de la inscripción de su amor entre las llamas. Escucho el camión de bomberos acercándose.

Un niño ve mi encendedor en el suelo, lo recoge y va corriendo con su mamá.

—¡Mira, mamá! ¿Puedo quedármelo? —la señora parece no saber qué es ese objeto rectangular, pero acepta y lo guarda en su bolsa, alejándose al poco tiempo.

Los bomberos aparecen y cada vez hay más gente rodeando al viejo. Cruzo la calle de regreso al café, has elegido la mesa más lejana de la ventana y estás hablando con el mesero sobre mi apresurada huida. Ambos parecen ignorar la multitud que observa las flamas desde los cristales. Te alegras al verme, mas la preocupación ocupa tu rostro cuando ves las cenizas en mi cabello y las mejillas tiznadas.

—¿Qué te pasó? —preguntas preocupada.

Me encojo de hombros y sólo te digo:

—Tenías razón, necesito otro encendedor.

Tania Rivera (Xalapa, Veracruz, 1997) es estudiante de Lengua y literatura hispánicas en la Universidad Veracruzana. En 2017 obtuvo una mención honorífica en el séptimo concurso de cuento Infantil y juvenil de la Editora del Gobierno de Veracruz.

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