La promesa

Jorge Antonio Trujillo

El frío de la madrugada comenzó a calar en mis huesos. En vano traté de conciliar el sueño nuevamente, a pesar de que aún faltaban veinte minutos para que mi alarma sonara. Por más que deseaba permanecer en la evasión del mundo de los sueños, ya no podía. Recordaba sin cesar la fecha, un día que jamás olvidaré, sin importar cuánto me empeñé en suprimirlo de mi memoria. Me ponía boca abajo, de lado, ya los pies en la cabecera, la mano fuera de la cama, la cabeza entre la almohada, pero nada. Enredarme en las sábanas no me ayudaba a decidir lo que haría este año. Al contrario, en un falso movimiento, el colchón se me terminó y fui a dar al piso, que para mi sorpresa, estaba más tibio que mi piel.

La frialdad del suelo me parecía más familiar que la suavidad de mi almohada. Justo cuando iba a dormir profundamente —según recuerdo—, la alarma sonó. Siempre he odiado ese reloj-despertador, pero esa mañana más que nunca. Sin saber cómo, me puse de pie, y más con desgano que con ganas, comencé a arreglarme para ir a trabajar.

Como de costumbre, no alcancé a desayunar —aunque no tenía muchas ganas de comer—, así que llegué a la tienda más cercana por un café de máquina que, lejos de despertarme, me hundió más en mis recuerdos.

Cinco años habían pasado ya, y yo aún escuchaba la voz de mi hija y de mi esposa con claridad, como si el accidente hubiera sido ayer: «¡papá!, no vayas tan rápido; ¡déjame a mí el volante, estás borracho!». A sus palabras se les unía el rechinar de las llantas sobre el pavimento, seguido de un estruendo de vidrios que terminaba en el crujir de todas y cada una de las partes del auto, que giraba sin control sobre el camellón.

—Son diecisiete pesos, señor —dijo la cajera, sacándome así de mi ensimismamiento.

Saqué un billete de cincuenta pesos que, para mi infortunio, era el último —a pesar que me pagaron apenas hace cinco días—, y pagué mi café para después retomar mi camino rumbo al trabajo.

Aburrida como de costumbre, mi jornada laboral estaba a punto de terminar. Una compañera del cubículo me preguntó: «Héctor, ¿este año sí irás al cementerio? No has visto sus tumbas desde el día del sepelio». La indecisión que rondaba en mi cabeza desde el amanecer, de nuevo se apoderó de mí, además, la mirada de mi compañera me hacía sentir más culpable. Ya estaba resuelto: esa tarde, al salir del trabajo, iría al cementerio.

Ignorando por completo el ritual que se debe seguir cuando se visitan las lápidas de los seres queridos, me limité a comprar —con lo que me quedaba del billete de cincuenta— un modesto ramillete de flores, que cargué con cierta vergüenza mientras atravesaba el camposanto. Cuando por fin llegué a las tumbas que hasta ese entonces había evitado, lo que me sorprendió no fue el descuido en el que se encontraban los epitafios, sino la figura un tanto extraña que miraba con suma atención la tumba adyacente a la de mi hija. Se trataba de un niño que, según juzgué por su aspecto, no debería tener más de seis o siete años. Su mirada, falta de alegría, parecía no parpadear. A pesar de la incomodidad que me causaba, yo seguí en mis asuntos. Removí la tierra del hueco dispuesto para poner las flores y coloqué el ramillete.

No me di cuenta durante cuánto tiempo recordé las imágenes de mi esposa y de mi hija —clamando en vano por su perdón—, pero supe que fue un lapso prolongado, pues la tarde ya estaba cediendo a la llegada de la noche, sin mencionar que el cementerio se encontraba casi desierto…, a punto de cerrar.

Me puse de pie, sacudí mi pantalón y me despabilé. Extrañado me quedé al ver la figura del niño en la misma postura y con la misma mirada con la que lo vi minutos atrás. Casi como por reflejo, volteé a ver la tumba que con tanta insistencia observaba el infante: «En memoria de la familia Velásquez Ruiz».

—Mi padre prometió que no me dejaría solo, pero lo hizo —dijo el niño con voz trémula.

Sin percatarme en qué momento, una figura salió de entre las sombras de los árboles. Era un anciano, que se agachó para susurrar al oído del pequeño, quien de inmediato se alejó con un paso parecido al movimiento de las hojas que mecía el viento.

—Usted disculpará a mi nieto, tiene la inocente idea de que algún día su padre saldrá de esa placa de mármol.

—No se preocupe, son cosas de niños —dije no muy convencido, pues en el fondo de mi ser, yo compartía la misma vana esperanza que el nieto del anciano.

Al día siguiente, después de salir del trabajo, me dispuse a regresar al cementerio para arreglar el descuido en el que se encontraban las lápidas de las dos únicas mujeres que amé en toda mi vida. Me quedé pasmado al ver de nuevo al niño, en la misma posición y con la misma mirada perdida. A pesar de la extrañeza que me causó, decidí concentrarme en lo que hacía. Al terminar, me puse de pie para marcharme. No di ni cinco pasos, cuando la curiosidad me hizo voltear. El niño seguía parado mientras observaba la tumba de su padre. ¿Y su abuelo, dónde estaba? De seguro llegaría pronto. No le tomé importancia y me fui.

Al siguiente día, cuando regresaba a casa después de una larga jornada de trabajo, un pensamiento me hizo volver al cementerio. Ahí vi al niño de nueva cuenta. ¿Acaso no sería mejor que lo llevaran con un psicólogo? Al anochecer, el abuelo no regresó. Decidido a saber lo que pasaba con el anciano y aquel niño, no dejé de ir ni un solo día al cementerio. El niño nunca hablaba, siempre estaba quieto y, al igual que en las veces anteriores, el anciano nunca llegó por el chiquillo.

Volví una vez más. Mientras fingía limpiar la lápida de mi esposa, observé al niño; estaba más inmóvil que el pasto que le rodeaba, y a pesar del helado aire que soplaba fuerte, no se inmutaba en lo más mínimo.

La tarde siguió transcurriendo hasta que los primeros rayos de luna comenzaron a divisarse. Me dispuse a retirarme, cuando el niño me dijo:

—Señor, por fin veré a mi padre mañana. Le agradezco mucho la compañía que me dio durante este tiempo.

Era la primera vez en quince días en la que vi dibujarse una sonrisa en su rostro y, aunque me parecieron extrañas sus palabras, me contagió su entusiasmo.

A la tarde siguiente, y como era ya mi costumbre, fui al cementerio. Un grupo de personas estaba alrededor de la lápida de los Velásquez Ruiz. Pensando en lo peor, y bajo el pretexto de que iba a darles el pésame, me acerqué al grupo para saber qué había ocurrido.

—¿Le sucedió algo al niño? —le pregunté a la mujer más cercana a mí.

—¿Al niño? —dijo extrañada—. No señor, es mi amado esposo el que acaba de fallecer.

Sus palabras no tuvieron sentido hasta que más tarde lo supe: hace cinco años, en el accidente en el que mi mujer y mi hija murieron, dos personas más habían fallecido. Los ocupantes del carro al que había chocado eran un anciano y un niño que, en aquel entonces, se trataban del más viejo y del más joven de los Velásquez Ruiz. Tras la muerte del abuelo, el padre se quedó cuidando a su hijo a quien le prometió en su lecho de muerte que no lo dejaría solo; que estarían juntos por el resto del tiempo. Como era de esperarse, dada la gravedad del accidente, el niño falleció después de cuatro largos días en los que el padre sólo se había despegado de su hijo durante breves momentos. Pero ya nada de eso importaba pues, al fin y al cabo, la promesa estaba cumplida.

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