Historia del lazo

Itzel Robles

Mi hermano Pablo declaró resentimiento eterno contra mi padre una mañana dominical. Regresábamos de la visita semanal a casa de la abuela. Nunca comprendí del todo la insistencia en madrugar los domingos si después mis padres pasaban todo el día recostados, sin embargo (y pese a constantes sugerencias) la costumbre persistió.

Aquella mañana fue particular por diversas razones. En primer lugar, durante esa temporada invernal mi hermano y yo ya habíamos descubierto cómo dormir algunos minutos más: nos resistíamos al baño sabatino, así que a la mañana siguiente alegábamos que la abuela nos regañaría por ir sucios. Uno tomaba la ducha mientras el otro dormía una siesta de veinte minutos y luego cambiábamos de rol. Supongo que, para ese entonces, nuestros padres ya habían notado nuestra estrategia, aunque nunca lo renegaron abiertamente. Papá se limitaba a gritar: «¿Se van a quedar o qué?». Luego hacía sonar el claxon del auto cinco veces.

Esa mañana el ruido fue distinto; el coche familiar estaba descompuesto, así que uno de mis tíos nos prestó su vieja camioneta Chevrolet Suburban.

El nacimiento de la riña familiar se dio cuando íbamos de regreso a casa. Ya era mediodía, por las calles transitaban los desvelados. Debido a ellos, al cruzar por la calle del mercado había un tráfico equiparable al de los días lluviosos. Mi padre se impacientó, al grado de no reparar en un diminuto chihuahua. Mi madre, mi hermano y yo le gritamos que parara. Y así lo hizo, apenas un segundo. Al siguiente, sentimos el bulto que elevó la llanta derecha. Solo tuve tiempo de llevarme las manos a la boca cuando sentí la elevación de la llanta trasera.

Afuera alguien gritó: «Lo mató».

Mi padre continuó el trayecto como si nada. No se detuvo a mirar, ni aceleró como se haría en una huida. No sé si porque no le importara ser atrapado, o porque supiera de antemano que nadie le perseguiría por arrollar un animal.

El más conmocionado fue mi hermano, quien de inmediato increpó a nuestro padre cuestionándole las razones por las que lo hizo. Pablo le reprochó que era un egoísta, que era un asesino y que jamás le perdonaría por lo que hizo.

La realidad es que ellos nunca se llevaron del todo bien. Pablo aseguraba que yo era la favorita de mi padre basado en las pocas reprimendas que me daba, sin notar que nuestro padre nos ignoraba por igual. No charlábamos a menos que se tratase de necesidades escolares; no salíamos a menos que fuese a las visitas dominicales de la abuela, o a ir a pagar a las tiendas departamentales donde papá tenía créditos. Pero Pablo tenía la tendencia de inventar ataques contra él donde no los había. Yo no era la preferida de nadie, porque, a mi parecer, papá ni nos quería. Tal vez solo sentía culpa por traernos al mundo, así que transportarnos a nuestros deberes era su intento de redención. 

Tras el choque, Pablo no habló con nuestro padre durante semanas, y de haber tenido auto, quizás nunca le hubiera dirigido la palabra de nuevo. Sin embargo, mi hermano necesitaba quien le recogiese de reuniones lejanas, ya que no tenía empleo fijo que le permitiera el constante lujo de utilizar Uber. Además, durante esos viajes, encontró la manera de torturar a nuestro padre. Cada vez que por la calle transitada aparecía algún animal, Pablo gritaba molesto «¡Perro!» hasta que mi padre detenía el auto.

Alguna vez intenté hacer a Pablo cambiar de opinión. Después de todo, nuestro padre no era tan malo. Tal vez desagradable y frío, pero no tan malo. Prueba de ello fue que, ante la revelación de su homosexualidad, nuestro padre no mostró reacción alguna y lo trató igual que siempre. Le inquirí que otros padres, al saber a sus hijos gays, los corrían, maldecían o despreciaban. Papá no había hecho nada de eso. Era humano y falible, era cierto, pero no un completo asco de persona.

Mis palabras no fueron suficientes para convencer a mi hermano de dejar de utilizar a nuestro padre como simple chofer a quien se complacía de molestar a la primera oportunidad.

El momento crucial entre la relación entre ambos ocurrió una noche llena de peculiaridades, como las hubo aquella mañana donde empezó a odiarlo. En principio, Pablo ese día fue a una fiesta de su carrera a la que aseguraba no tenia deseos de asistir, sin embargo solicitó su servicio de recogida hasta casi las tres de la mañana. La segunda curiosidad fue que esa noche mi madre estaba muy enferma, así que no podía salir de casa. Pero, como era tan tarde, le preocupaba que mi papá condujera en soledad, ya que, según su punto de vista, los maleantes piensan un poco más (un poco que, para ella, representaba la vida) si realizar o no sus fechorías cuando veían en el coche a más de una persona. No tuve otro remedio que acceder a la solicitud de mi madre. 

Una vez subidos al automóvil, mi padre me pidió que encendiera el GPS de mi celular e ingresara la dirección que Pablo dejó anotada en un post it que pegó sobre la puerta de entrada. El punto de recogida era lejano, en el litoral de la ciudad, ya cuando las construcciones se vuelven poco abundantes. 

La siguiente peculiaridad fue que, cuando llegamos por Pablo, un par de cuadras antes de arribar a la dirección de destino, en una calle apenas iluminada por los faroles de una casa, encontramos a un muchacho sometiendo a mi hermano. Tal vez alguno de los dos debió salir corriendo a socorrerlo, pero mi padre y yo quedamos pasmados. Luego, Pablo logró zafarse no sé cómo y corrió como no sabía que podía; el golpeador se abalanzó tras él y mi padre aceleró.

De nuevo sentí las dos elevaciones en las llantas del lado derecho.

A partir de esa noche, mi hermano dejó de pronunciar «¡Perro!» cada que uno cruzaba por las calles donde transitaba el transporte familiar.

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