Cuentos de la calle Margarita

José de Jesús Gutiérrez Aldrete

Un domingo aconteció la reunión semanal de la junta vecinal de la calle Margarita para jugar baraja y beber café; el tema en sesión no es, sin embargo, ni una boda, ni un embarazo, ni un divorcio, ni un muerto y sorprendentemente tampoco es un método natural para tratar la diarrea. Esta vez se trata precisamente de quien no está, de doña Mary (otro tipo de diarrea).

Seguro usted conoce a doña Mary: diabética, menopáusica, neurótica, en fin, esdrujulosa. Su nariz es un poco más fina que la de usted, sus ojos más claros que los de usted, sus dientes más derechos que los de usted, y sus manos, más cuidadas que las de usted. Su esposo es más trabajador, sus hijos más estudiosos y su ropa viene de lugares que usted no alcanza. Usted no debería atreverse a comparar con doña Mary.

—Como que algo tiene esa señora… —especuló doña Tere con su distinguida demencia natural al mismo tiempo que bajaba sus ases.

A doña Tere le gusta vender servilletas bordadas en el tianguis y, además, es lo único que les regala a sus nietos en los cumpleaños (Marcelita ya tiene 6 servilletas y pronto entrará a la primaria). Tan solo el miércoles pasado, fue a timbrar al 123 para darle la bienvenida a los nuevos vecinos. Muy contenta, ya llevaba sobre tela una canasta con dos tulipanes amarillos y dos naranjas. Se abrió la ventanita de la puerta, los ojos dieron una barrida y se oyó:

«Muchas gracias, en la casa ya tengo y más bonitas».

—Está rara… —afirmó doña Gloria con la necedad de un índice meneando, casi en forma de amenaza, contra doña Tere.

Doña Gloria encuentra cobijo en los dulces placeres de la vida. Su sobrepeso es el trofeo bien merecido tras duras batallas lidiadas con conchas, picones de nuez, empanadas de membrillo y café con diez de azúcar. Le gusta conocer nutriólogos para después calificarlos de inservibles y ladrones por todo el dinero absorbido, pues la panadería de la que ella es dueña tampoco saca tanto. El mismo jueves doña Mary entró a Las glorias de doña Gloria y como gesto de bienvenida, haciendo combinar su papada con su sonrisa, doña Gloria le dio de cortesía unas galletas con mermelada. «Saben a patas». «Ay, es que esas ya estaban viejitas» (mentira) «a ver, pruebe estas». «De donde yo vengo las hacen más ricas». «Fíjese que tengo una conocida que también las hace muy buenas», agrega doña Gloria, siempre tan amistosa (en especial en estas situaciones donde su credibilidad está en juego).

«La que yo conozco las hace mejor».

—Yo creo que hay que ponerle un alto a la vieja sangrona esa —voz de la razón al rescate, doña Yoli (ni siquiera era su turno de mover).

A doña Yoli le gusta cuando su marido le dice «sí, mi amor» con tonadita de perrito malherido. Los cigarros le saben más ricos cuando están pasando toreadas en la tele, y la tele se ve mejor cuando los mocosos no están haciendo ruido con su balón en la calle (jura por Manolo Martínez que el que rompió su ventana fue el revoltoso de Miguelito). No llega temprano a las clases de catecismo que imparte en el templo de San Ambrosio pero siempre se justifica con elegante diplomacia. Por si fuera poco, el viernes, mientras apachurraba los jitomates en el mandado, se topó con doña Mary cacheteando las sandías. Con fines investigativos, doña Yoli toma su oportunidad para inquirir sobre los hijos de la nueva. Primero, con cordialidad comprometida, se presenta: «La que vive en el 125, somos vecinas». Era más importante para doña Mary olisquearle el ombliguito al melón que andar escuchando a ésta, pero insistió. «¿Tienes hijos? Como que el otro día escuché a un niño» (lo último salió de su cosecha). «Sí, tres, ya están grandes: uno trabaja en Estados Unidos, el otro es médico y Paulina está estudiando arquitectura». «Mira nada más, Ramoncito, mi niño, se acaba de graduar de enfermería». «¿Pero no es médico?». «No».

«Pues el mío sí».

—Ojalá se muera —ni yo sabía que doña Meche sería capaz de decir eso y, por si fuera poco, acabó de bajar casi todo su juego en una sola maniobra.

La mejor hora para ir a casa de doña Meche a cobrarle aretes, portaviandas o favores, es a las 4:30. A esa hora ella está viendo su novela. La peor hora sería a las 6:00, porque a esas alturas de la tarde, sin falta, asiste con el homeópata a quejarse de no sé qué. Hace tres días fueron los oídos, hace dos la rodilla y antier la arteria ilíaca externa. Todas adjudicadas al clima (aunque hay quienes creen que es culpa de los programas de medicina forense que tampoco se pierde). El meollo del asunto yace el sábado, cuando doña Mary y doña Meche coinciden en la sala de espera del consultorio homeopático. Si doña Meche supiera leer, se habría dedicado a aprender los nombres de los huesos que estaban en un cartel colgado en la pared de en frente, pero para llenar su vacío de entretenimiento, se resignó a hacerle plática a la señora que no paraba de estrujarse el estómago como si fuera a dar a luz. «Es muy bueno este señor». «Es primera vez que vengo». «A mí me ha curado todas mis dolencias, es muy bueno, no sé cómo le hace», agrega con brillito en los ojos, atónita, anonadada por estas sobrenaturales habilidades de mezclar agua con alcohol. «¿Usted qué tiene?». «Ay mija, hora no me la acabo con un dolor en la articulación escapulotorácica». Doña Mary quedó pensativa: «Mire, creo que tengo lo mismo». «¿Se siente bien feo verdad?». Al fin, un alma que comprende a la esclava del sufrimiento perpetuo.

«Sí, pero a mí me duele más que a usted».

Nunca nadie se había atrevido a cuestionar el martirio de doña Meche.

Todas en la mesa permanecieron en silencio. Se lanzaron miradillas y, aliviadas, se percataron de que no eran las únicas que lo pensaron.

Doña Tere bajó su última carta. Siempre gana la condenada.

El siguiente domingo aconteció otra reunión semanal de la junta vecinal de la calle Margarita para jugar baraja y beber café; el tema en sesión no es, sin embargo, ni un bautizo, ni un aborto, ni un niño nacido, ni un secuestro y sorprendentemente tampoco es otra reflexión religiosa sobre las revelaciones. Esta vez, se trata precisamente de quien ahora está, de doña Mary (otro tipo de revelación).

—Hasta eso, vecina, que nos llevamos una muy mala impresión de usted… —comenta doña Tere con la simplicidad y desentendimiento que conocemos a la vez que baja unos reyes.

Y eso que el lunes, doña Tere había urdido su plan, y optó por hacer un experimento. Compró cuatro macetas de espinas de cristo en el tianguis e hizo decorar la fachada de su casa con ellas, recostando cada maceta en la pared exterior, sobre la banqueta de la calle, con una separación de un metro cada una. Al encontrarse con doña Mary saliendo de su morada, comentó «¿No se ve acaso mi casa más linda con esas bellas flores?». «Mi casa no necesita flores para verse más bonita». «Pero igual no tiene flores…».

Una salida de sol después, la casa de doña Mary amaneció con dieciséis grandes macetas de espinas de cristo. Por desgracia, su casa no era tan ancha, de forma que las macetas quedaron muy apelmazadas y hasta muy cercanas a la puerta, en un modo que cada que doña Mary entraba o salía, se espinaba las piernas. Se hería, pero desafortunadamente, seguía viva.

—Sí, fíjese, incluso hasta nos dieron ganas de que se cambiara de colonia. Dios nos perdone —señala eufemísticamente doña Gloria, con los ojos como platos y luego tocándose el corazón, dejando entrever sus cartas.

Con justa razón doña Gloria se reconoció monstruo, considerando lo que hizo el martes. Doña Mary volvió a la tienda, y se veía que solo para criticar. Esta vez comparó una mantecada «con el sabor del tinte para cabello rubio» y para doña Gloria fue el colmo. «Espérame tantito, acaba de salir una tanda recién calientita» y se desplazó a la trastienda, donde está la cocina. Tomó una tartaleta y la roció con fumigante para cucarachas. Volvió al mostrador con una sonrisa más larga que la habitual, lo que provocó que sus cachetes se abultaran como grumos alrededor de sus ojos. Entregó la tartaleta expectante y recibió un «sabe a fumigante para cucarachas», hecho con aires de petulancia descarada y un gesto de asco exagerado claramente fingido. Doña Mary partió de Las glorias de doña Gloria creyendo que hizo una comparación bastante ingeniosa, pero por otro lado doña Gloria quedó decepcionada, se había roto su racha de asesinato de insectos.

—Pero al final, nos dimos cuenta de que usted y nosotras somos bastante parecidas —con palabras bien elegidas, doña Yoli, volteando con las demás señoras para asegurarse de que todas están de acuerdo en eso (y otra vez se saltó el turno de doña Meche).

Doña Yoli tiene cierta magia con los niños. Por ejemplo, el miércoles  prometió a todos los vandalillos de la colonia un jugo y unas papas si le tiraban balonazos a doña Mary. La tarde del mismo día, doña Mary regresaba del mandado y, en el trayecto de la frutería a su espinada casa, los futuros futbolistas de la calle Margarita consiguieron asestarle siete buenos tiros. Dos en el brazo izquierdo, uno en la espalda baja, otro en la cabeza, y, como el balón quedó manchado de rojo, podemos concluir que hubo un par de tiros que llegaron a las heridas de las piernas. El que más gustó a doña Yoli fue el que le dio justo en la nuca, porque ahí doña Mary se cayó y junto con ella la bolsa de los limones. Se le desparramaron rodando por toda la calle. Ese lo lanzó Miguelito, es el nuevo favorito.

—Vimos que todas tenemos defectos, pero también cualidades, y debemos apoyarnos como vecinas que somos —como que otra vez le salió brillito a doña Meche, un extraño brillito de honestidad, y algo de orgullo, porque pudo replicar un diálogo de su novela, manipulando el juego de cartas que tenía en la mano con mucho esfuerzo y dificultad.

Pero así no pensaba hasta hace poco. El jueves, todavía indignada por el comentario de doña Mary en el consultorio, vio que no tenía otra opción más que dejar las dolencias internas de lado. Si quería retomar su puesto de hipocondriaca de la colonia, debía ser más explícita. Fue a la cocina, muy decidida para ser anciana, tomó un cuchillo con firmeza, muy firme para ser anciana, y se tajó el anular de la mano izquierda y el pulgar de la mano derecha. Fue a las 6:00 al acostumbrado homeópata, y ahí estaba, miserable, doña Mary. «¿Hoy usted qué tiene?», masculló doña Mary tratando de no perder el control. «Me corté dos dedos, ¿y usted?», dijo doña Meche en papel de víctima altamente afligida y traumatizada. «Tengo cortadas en las piernas, he estado vomitando a cada rato, hay moretes en todo mi cuerpo y me duele la cabeza muy fuerte».

«Pero tienes todos tus dedos, entonces a mí me duele más que usted».

No sería tan necesario escribir entonces que, al día siguiente, doña Mary tomó el galón de leche de la tienda con una mano de tres dedos, y sacó el dinero de su bolsa con la otra mano de dos dedos. La competencia era muy dura.

Don Saulo, dueño de la tienda de abarrotes en la calle Margarita, estaba tan horrorizado que ni se dio cuenta de que doña Mary solo le había dado una cuarta parte de lo que costaba la leche. Apenas podía caminar esa mujer, y sostener monedas era ya toda una hazaña.

Esa misma noche, don Saulo contó la anécdota a doña Tere, doña Tere a doña Gloria, doña Gloria a doña Yoli, doña Yoli a doña Meche, y doña Meche a doña Tere.

Y qué feo es eso de sentirse culpable.

—Esperamos que podamos ser buenas amigas —continuó doña Meche. Iluminada, renovada, como vuelta a nacer (como en sus novelas).

—Nos da gusto que sigas viva —sonrisa apacible, inconfundible, doña Gloria, muy tierno de su parte.

Lo siguiente fue ver a doña Mary en el piso, espasmódica, epiléptica, histérica, en fin, esdrujulosa. Más tarde recibió el nombre de coma diabético por el famoso homeópata de la calle Margarita. Aparentemente doña Mary tomó con los dos dedos que le quedaban de la mano derecha la taza de café con diez de azúcar de doña Gloria en lugar de la suya.

Algunas vecinas creen haber escuchado un «gracias» proveniente de su boca, mientras se retorcía entre los azulejos del comedor. Unos dicen que agradecía el deseo de doña Gloria de seguir viva, otros afirmaron que agradecía el que le estuvieran ayudando a morir, porque nadie la quería más muerta, que ella misma. Doña Tere bajó todo su juego y volvió a ganar. Maldita doña Tere.

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