Sexo con cariño

Sofía N. Tamayo Lara

Para una mujer occidental es mucho más sencillo conseguir sexo casual que para un hombre. Funciona como la ley de oferta-demanda. A las mujeres se nos enseña a repelerlo o ser denominadas «putas». En cambio, la condición de hombre es mayor en función del número de mujeres con las que se acuesta.

No obstante, una mayor oferta no asegura calidad para aquellas disidentes que disfrutamos del sexo sin compromisos. Pero yo ignoraba esto último cuando comencé a usar Tinder.

Tinder te facilita tanto el sexo casual. Tan sencillo como discernir quien te gusta de quien no. Bueno, hay que esperar que una también les guste, pero eso nunca fue un problema para mí, ni en la plataforma, ni en el mundo real. Pero Tinder te da algo más, la capacidad de desaparecer de sus vidas tan rápido como apareciste. No llamadas, no salidas, no pérdidas de tiempo, solo sexo entre extraños que lo único que tienen en común es su gusto por coger.

Llegué a usarlo tanto que veía a un hombre diferente cada día. No por ello era menos selectiva. En realidad, tenía tantos candidatos que solo daba «me gusta» a aquellos con cuya foto bastara para que mi entrepierna se humedeciera. Casi nunca eran buenos amantes, pero teniendo hombres así al lado, me era muy fácil darme gusto yo sola, una vez que ellos terminaban. Como diría Marx, el orgasmo es de quien lo trabajaba. Y el verme hacerlo nunca molestó a ninguno, quizá más de un ego salió herido, pero qué importaba.

Mi exigencia me obligaba a momentos de zapping en Tinder interrumpidos a veces por un hombre que llamaba un poco mi atención, al cual usualmente también rechazaba, tras ver sus demás fotos. Me encontraba en uno de esos momentos. Me detuve ante un pelirrojo. Mejor dicho, me detuve porque era pelirrojo. No era bastante atractivo, al menos no para mis estándares en aquel momento. Estaba un tanto pasado de peso y su cara regordeta le daba un toque de bobo. Su sonrisa, sin embargo, era una curvatura llena de perversión. Verla resultaba seductor y angustiante.

Decidí ver el resto de sus fotos, pero mis torpes dedos le dieron «me gusta» por error. Un segundo después la aplicación nos emparejó. En otros casos hubiera deshecho inmediatamente el emparejamiento, pero en realidad no era tan feo, sólo estaba fuera de mis estándares. Además, nunca antes lo había hecho con un pelirrojo.

Resultó que su canción favorita también era la mía, «Paranoid Android» de Radiohead. Fue curioso, porque gracias a ello comenzamos a platicar, algo que no había hecho en Tinder, salvo por los típicos «¿dónde vives?», «¿cuándo puedes?» y, ocasionalmente, un cordial e introductorio «¿cómo estás?».

Las pláticas eran cada vez más largas e íntimas. Tenía tanto sin disfrutar de una plática así con alguien.

Acordamos vernos en un café. El plan, como siempre, era beber algo e ir al motel.

Era un día lluvioso, así que entré rápido al resguardo del lugar. Vi en derredor y lo encontré en una de las mesas de la orilla. Normalmente, la gente en Tinder sube fotos en las que se ve mejor de lo que en verdad está. El truco de él fue la luz, la cual en la foto escondía perfecto su cutis lleno de pozos que seguro en su adolescencia fueron granos. Como en todos los casos de fotos engañosas, me dispuse a irme. No obstante, era demasiado tarde, ya me había visto. En ese momento pensé: «Igual han platicado muy a gusto, tómate el café con él, inventa una excusa y te vas.»

Pero resultó una persona mucho más interesante en persona y la plática se convirtió en un deleite para mí. A la luz de las velas, me di cuenta que no todas las marcas de su rostro eran pozos, muchas eran pecas oscuras. Claro, había olvidado que se trataba de un pelirrojo. De pronto, ya no me pareció tan repulsivo. Cuando terminamos el café y me invitó al motel, olvidé mi excusa y acepté.

Llegamos a un lugar en el que yo ya había estado antes, así que rápido encontré nuestra habitación. Siempre voy al baño antes de tener sexo, es una pequeña manía que tengo. Cuando salí, le pedí que se lavara las manos. Me quité el abrigo mientras él se lavaba y cuando me di cuenta, estaba sin camisa sentado en la cama frente a mí. Continuó desnudándose, así que yo comencé a hacer lo propio. Me detuvo, me atrajo a él y me dijo que antes quería jugar un poco. Luego me miró a los ojos y me preguntó si me gustaba «el cariño». Yo sonreí, lo que él tomó como afirmación. «Cariño», tenía tanto sin pensar en ello que no recordaba que muchos lo asocian con el sexo.

Comenzamos a besarnos. Besaba muy bien para verse tan teto. Me desnudaba en partes, mientras recorría mi cuerpo con sus manos y boca. Ya sólo tenía puestas la ropa interior y las pantimedias. Con sus dedos redescubrió mi espalda hasta esconder su mano entre mis medias. Volvió a hacerlo con su otra mano, esta vez por el frente. La sumió en mí y comenzó a masturbarme de una manera que ningún hombre antes lo había hecho. Intenté a ciegas encontrar su falo, pero cuando lo tenté en la oscuridad, quitó mi mano y susurró en mi oído: «Hasta que te vengas». Lo que siguió fue un desfile de posiciones placenteras y orgasmos. Nunca me quitó el brassiere.

Para el final de nuestro encuentro lo obedecía en todo, sexualmente hablando, por supuesto. Me había topado con hombres a quienes les gustaba jugar al dominante, pero él de veras me sometió. Fue la primera vez en mucho tiempo que no me tuve que tocar para llegar. A él también le gustó mucho, o eso dijo, al menos. Me pidió que lo repitiéramos, a lo cual, aún temblando, accedí. 

Aquel día dejé de usar Tinder. Solo me encontré con aquellos con quienes ya había agendado y, tras un par de días, volví a ver al pelirrojo. Nunca antes había vuelto a ver a ninguno. Para mí eran poco menos que rostros sin nombre con los que alguna vez me acosté. Verlo a él, por otro lado, me emocionaba.

Nos encontramos frente al mismo motel de la última vez. Entramos al cuarto. En esta ocasión no sentí ganas de entrar al baño. Solo nos lavamos las manos y empezamos a besarnos. No tardó en comenzar a desvestirme. Repentinamente se detuvo. Me observó, esta vez estaba completamente desnuda. Me besó una última vez y salió de la habitación sin decir más.

No entendí nada de lo que ocurrió. Más tarde, cuando llegué a mi casa vi que tenía un mensaje de él. Desde la pantalla de previsualización solo se mostraba el inicio del mensaje «Corazón, estoy seguro que no olvidarás este último encuentro…».  Sonreí por la ironía de sus palabras. Pensé en ignorarlo. No pude. Abrí aquel mensaje de despedida. Lo más cercano a una carta de amor que he recibido. Me habló de lo especial que fue nuestro primer encuentro para él. Tan especial que decidió no…

El texto cerraba con una interrogante, «¿o tú podrías tener una pareja que padeciera una enfermedad de transmisión sexual mortal?». A la fecha no he podido encontrar una respuesta a su pregunta. Nunca más volví a experimentar el sexo con cariño.

sexo

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