Acosta, Juvenal (2017). Terciopelo violento. México: Tusquets

Arturo Grijalva

El otro es un signo de interrogación sin fondo que produce vértigo.

Juvenal Acosta, 2017

Publicada originalmente en 2003 por Joaquín Mortiz y reeditada en 2017 por Tusquets, Terciopelo violento es una novela del autor mexicano Juvenal Acosta, quien reside en San Francisco desde hace casi treinta años. Este libro es la segunda entrega de la trilogía «Vidas menores», que inicia con El cazador de tatuajes y culmina con La hora ciega.

Terciopelo violento supone una narración externa a la primera novela. Nos revela que El cazador de tatuajes es el manuscrito que el autor, Julián Cáceres, escribió desde el aislamiento en su casa tras una hospitalización de tres meses debida a una embolia. El manuscrito, esa primera novela de la serie, relata las relaciones amorosas que Julián sostiene con cuatro mujeres; la continuación llega para descubrirnos qué ha sido de la vida de esas mujeres y qué pasó con el cazador de tatuajes.

Todas las historias pueden ser cuestionadas. Una vez que los hechos han sido repensados, valorados y discriminados, es fácil darse cuenta que Julián contó una parte muy pequeña de la historia, llevándonos a dudar de todo su discurso. En apariencia, Terciopelo violento podría plantearse como una negación de El cazador de tatuajes, pero deja muy claro que es imposible no sesgar la realidad; es absurdo pensar en la veracidad de las historias porque nos cuesta mucho plantar puentes firmes entre lo que pasa fuera de nosotros y lo que pasa dentro. Si bien es un discurso que critica la visión del mundo de Julián, su reflexión filosófica escéptica, enmarcada en una sociedad posmoderna que relativiza los acontecimientos en factor de la interpretación personal, lo lleva a anular del todo la veracidad.

Aunque Constancia y Marianne confirmen que la historia de Julián es parcial, presentándosela al lector como la realidad distorsionada de hombre romántico (un poeta quizá), ellas admiten que en su discurso se esconde la verdad de las cosas. Cuando Julián recurre al lenguaje poético se encuentra con la epifanía: la revelación de la «realidad real» brota de las sensaciones: el roce de los cuerpos, el embriagante aroma del amor y de la muerte, el gusto deleitoso de los fluidos corporales. Terciopelo violento es el mapa del cuerpo y del deseo: puesto que el lenguaje no alcanza, hay que hacer lengrafia: el lenguaje de la geografía del cuerpo, el braille de la lengua recorriendo el laberinto del cuerpo ajeno, del Otro, porque, como dice Julián, «tengo que quedarme sordo y tengo que quedarme ciego para comenzar a entender».

Conocedor de la tradición, Juvenal Acosta replantea los mitos de Teseo, de Ulises o de Edipo en la modernidad superurbana. Aunque hay ocasiones en las que el autor resuelve con lugares comunes, volviendo el desarrollo de algunos personajes muy predecibles, la prosa poética, perversa, ferviente y erótica es bastante fluida. Hay páginas en las que brillan, incandescente, la fuerza del erotismo y la belleza de la poesía de un hombre que percibe el mundo como terreno de batalla entre la razón y el apetito, llevando este último las de ganar porque, como nos advierte Julián, en la actualidad todas las historias son de salvación imposible y de derrota, desde un inicio, ante el apetito: la máscara del orden y la estructura siempre acaban por derrumbarse.

La historia de las relaciones sexuales es siempre la historia del poder y el deseo. El deseo es el hilo con el que Ariadne ayuda a salir a Teseo del laberinto y es ese mismo hilo el que llega al centro del alma y la mente de Cáceres, el hilo que atraviesa todas sus historias de amor y muerte. El personaje es un apátrida que huyó de un país de origen que no supo comprenderlo y que le cerró las puertas por las que quiso avanzar en la vida. Se destierra a vivir en San Francisco, el puerto de occidente con oriente y una de las dos ciudades que, en un principio, los colonizadores creyeron eran islas.

Vivir en una de las más grandes urbes de occidente es también causa de angustia y de hastío; uno termina igual que la ciudad que habita: sepultado por toneladas de volantes y ofertas. Para no caer en el tedio es necesario reinventarse, construir nuestra identidad, porque es imposible aceptar un cuerpo y un nombre que se nos ha legado por la historia: una imposición. El tatuaje supone actualmente una de las mejores formas de reinventarse, en este sentido habría que entender como tatuaje a cualquier marca permanente, no solo tinta, sino el deseo, los besos, las caricias, las cicatrices, las heridas. El tatuaje funciona como una cicatriz que nos recuerda que es imposible comenzar desde cero. Finalmente, Julián descubrirá que la escritura es otro medio de exorcismo y de autoanálisis que, por medio del recuerdo, de la mentira, de la recreación, puede ayudarnos a entendernos a nosotros mismos.

Las historias se tejen de manera alternada y simultánea. Todas las búsquedas y las posibilidades en el mismo plano temporal: Marianne en su búsqueda de «la verdad»; Julián, que fingió un suicidio para poder escapar de la vida, tratando de dar caza a la Condesa, siguiendo sus huellas; esta última, que ha vuelto a Nueva Orleans a buscar una reinvención que le permita dejar atrás a Julián, con su amor violento y ebrio. Todos ellos cruzan una misma geografía hecha de recuerdos, impresiones y palabras.

Terciopelo violento es una novela filosófica, erótica y política que sin duda hubiera gustado a Foucault, Deleuze o Bataille. La brújula de orientación geográfica es la de cuatro puntos cardinales, correspondientes a cuatro mujeres y sus elementos: Marianne es el norte, el aire; Sabine es el sur, la tierra; Constancia es el oeste, el agua; y Condesa es el este, el signo de fuego. Cáceres recorre las ciudades como se recorren los cuerpos, porque la ciudad no es solo el ecosistema de la modernidad, es también el espacio psicológico donde compartimos nuestras obsesiones y mínimas muertes con los otros. La ciudad es la mente y el cuerpo de todos sus habitantes. Es ahí donde uno renuncia a su condición de individuo y deviene masa. La psicología de la urbe es más bien la de un inconsciente colectivo y aun más, porque, al igual que los cuerpos de sus habitantes, es frágil y finita: en la piedra de cada ciudad, late una Roma al borde del derrumbe o una Pompeya a punto de ser tragada por la lava.

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Arturo Grijalva estudió Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara, donde impartió un taller de creación literaria fantástica. Es autor del libro Palabra ubicua. Sus textos han sido publicados en diversos medios virtuales, así como en antologías de encuentros literarios. Cofundador de la revista Himen y colaborador del sitio web Hybris. Es coeditor del Guanajuato International Film Festival y dirige la editorial independiente Avalon. Correo electrónico: arturo.grijalva.90@gmail.com

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