La culpa es de Rulfo

Alma Consuelo Hernández Olguín

En una mesa desgastada de tanto texto escrito sin miramientos, con las líneas raspando el borde de sus pechos y la tinta escurriendo por su clítoris…

Podría jurar que esta mesa ha tenido más goces que mi propia experiencia, reducida a una hoja con ideas nada claras. Siempre divagando, acosando historias, todo tan simple. Así era mi época de escritor de medio tiempo, a veces de horas que terminaron en miradas holgazanas. Pese a leer un par de obras, no venía la musa. Esa hija de la chingada que me terminaba con algún buen escrito ganador de un premiecillo, nada espectacular, pero poco le importa a alguien que tiene los pies bien puestos sobre la tierra: «A bien pocos les gusta leer literatura, ponles el periódico y sí te van a leer los resultados del América, pero ¡ni les preguntes quién fue Juan Rulfo!»

La mayor parte del tiempo la pasé leyendo, aunque algunas veces tuve que cubrir el libro con la portada de unas viejas encueradas o señalando a Carlos Cuauhtémoc o Paulo Coelho para no verme tan fantasioso. Para qué decir más: me convertí en un flojonazo, solo escribir y leer, y como ya lo decía mi estimadísimo Rulfo: «A todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados les da flojera hacer otra cosa». Pues a mí me daba flojera hacer nada más. Hasta matar las ratas que proliferaban en la cocina me daba tremenda indiferencia. Pasé días sin siquiera pensar en el gasolinazo, pensé que eso no me afectaba, pues ni tenía auto, pero ¡qué pedazo de pendejo!

La televisión la tenía en el excusado porque no vi gran diferencia entre cagar y ver las noticias. Aunque todo me parecía tan ajeno, tan lejos. De alguna manera vivía aquí y no vivía, sí me entiendes, ¿verdad? Los futbolistas, los políticos y los escapistas saben apreciar bien mis teorías, las de desasociar el cuerpo de las manos. Es tan sencillo que basta con empacarse unas cuantas cosas y salir corriendo sin dirección precisa, basta decir que lo leíste en el manual de buenas costumbres, o en el códice de Houdini.

En lo personal me gusta justificar mi indiferencia y culpo a Juan Rulfo y a su obra Pedro Páramo, pues la realidad y la ficción las entretejió de tal manera que no queda nada claro. Yo creo que él debió ser miembro de algún partido porque bien que nos tragamos el garlito para que, sin más miramientos, nos diga «tómala»; nada es cierto, pero todo es verdad. Ni siquiera Colosio ni Ruiz Massieu pudieron echarnos un choro tan notoriamente truqueado, aquí algo parece andar chueco, más chueco que la misma desventura de los escritores y pachecos. ¡Cómo extraño a mi jefecita! Ella me insistía que estudiara para enfermero ¡pero no!, yo quise experimentar lo que es vender lirios en la verdadera zona roja.

¡Basta de lloriqueos!, me recargué nuevamente en mi mesita y comencé a escribir lo siguiente: «Los medios de comunicación nos informan que Macario sigue descuartizando ranas, mientras con un palo las mata nos cuenta su historia: soy un mexicano promedio, tengo idea que sé, aunque lo que sé me lo han dicho estas curiosas ranas. Ranas que hablan y hablan un chingo, verdad de Dios que ahora sí creo en los milagros y en Donald Trump. A ver cómo explicas que estas ranas me digan a la perfección la raíz cuadrada de cuarenta y tres, y me expliquen diestramente el salto cuántico del dólar. Así mismo me han explicado que ellas usan gas en sus autos, que nosotros mejor usemos las patas. Ellas también tienen reformas, una de ellas es la de la plusvalía… Comenzó a amanecer y les seguiremos informando en otra cápsula más a la media noche».

Escritor de pacotilla, me dije a mí mismo y también a Rulfo. Chínguesu… ¿Por qué me ilusionó de tal manera? Yo siempre creí que Comala  estaba en Europa. ¿A poco no suena más chingón? Le village de Comala par l´author Jean Rulfo. Con ese nombre sí se ganaba el premio Nobel. Él tenía su estilo, yo en lo único que tengo estilo es en arremangarme la bastilla de los pantalones y dar gritos cortos cuando estoy cogiendo. Qué triste es intentar hacer algo grande, pero tener las dimensiones de un cuarto tan pequeño como este y, además, atascado de ratas.

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