Los hermosos ausentes

Aleqs Garrigóz

Conjuro iniciático

A Rosario Castellanos

Atado de manos, más avergonzado

que el ángel funerario de un sueño imbécil,

eructando hacia el cielo y con la certeza

de haber sido tronchado en lo profundo,

he venido a mendigar a estos papeles despoblados,

aquí donde tu memoria aún prevalece,

pequeña y constreñida por el paso brutal del amo.

Porque el amor me acosó el tuétano

y me hizo caer arrepentido de existir,

te recordé mientras el borbotón salía

para vivificar al mundo: la carnicería;

mientras saqueaban la esperanza del altar patético

y el demonio escupía su latigazo en los hombres.

Sumiso a la bestialidad terrestre,            

predicaré todavía tu chispazo lívido en la sombra

o el anonimato de las aguas estancadas

lamiendo la sal de las rocas cuyo desamparo

sea semejante al nuestro.

Y ofreceré también ambas mejillas al golpe,

por no contaminar más con cólera

este gas letal que no alcanza para dos.

Tú siempre supiste que nacer es humillarse; 

que no hay visión más terrible

que la de nuestra mutilación, desierto adentro.

Y me lo enseñaste con un gesto derrotado,

con una página que tiembla y no desfallece.

Me enseñaste, también,

que sin brazos queremos abrazarnos

flotando en un mar de deyecciones.

Somos barcos en ruina a la deriva,

la amargura de la hiel, cadáveres roídos, pus.

¡No tenemos siquiera oportunidad de ser peores!

Lodo necesitaríamos en la boca

y ni el granizo podría pertenecernos.

(En el alarido los colmillos nos encuentran

y algo en cada rostro caníbal nos acusa

por el temor de reconocer su ancestral miseria).

En este instante de precipitaciones, pido otra vez

tu verso que el hielo apaga:

el breve terciopelo de mis sueños te necesita aún.

Híncate una vez más

sobre esta tierra amarga de mi cuerpo,

mientras el hoy afeita sus áridos afanes.

Recordemos que solo son perfectos el crimen

y la devastación de los tobillos que ya nunca podrán bailar.

Recrimina, conmigo, nuevamente a la humanidad,

ese esperpento que ríe escandalosamente,

que está triste y no lo sabe

queriendo conquistar el mal para sí.

Y hagamos, con vísceras fermentadas,

un cuadro pintado a espaldas a la vida: púrpura

y tinta coagulada de la pesadilla

que quizá no termine nunca en este reloj de arena.

En este reloj de arena…

El padrastro adoptivo

A Charles Baudelaire

Como una tarde diluida en excremento y prostitución,

tan lejos de la nación desgraciada de la tranquilidad,

a punto de las arcadas psicógenas, así me vierto

excitado por buscarte en ensueños mortecinos

dentro de una taberna, y encontrarte desahuciado,

rogando un respiro de perfumes genitales.

Música de tambores robados,

un ansia de matar lo que nos acerca a la bondad,

tedio maléfico, la serpiente original: todo está aquí,

en este incestuoso deseo encarcelado,

ebrio de melancolía, carroña para el pequeño rufián

que escupe su espejo al anochecer.

He sentido tu asco acorralarme

en un callejón donde todo cae asfixiado

y la estupidez no se perdona

y el único comercio es a través de las lágrimas.

Y recojo inmundicias y me maquillo

porque me invites a fumar de tu pipa

en la que chispas lujuriosas se desnudan o agonizan

como el último afán de los ancianos.

Soy tu cementerio para mancos,

aunque no me hayas conocido, y el delirio

sea la única fogata sobre la que me veas bailar

herido de una ansiedad de bala

si el vino es más agrio que la desesperanza otra vez.

La mendicidad de un nuevo roce tuyo

se me impone entonces como ley,

claustro para el alma doliente por religión,

éxtasis para la inmundicia del sentido.

En mí, que no puedo blasfemar contigo,

todo sufre, herido por lanza descomunal.

Mas sé que desde allá guías mi atención

cuando la mosca se lame sobre las heces,

y que no olvidaría tu ciudad menguante,

aquel adefesio de cemento y mal olor

que conocí en los libreros maltrechos

en los que me imaginaba mineral,

con el significado natural del lago congelado.

Sepulcro eres, abierto, y un beso lúgubre

te reanima ahora bajo mi corazón y te recuerda

que lo muerto supera en hermosura a lo vivo.

No desesperes, pues yo estaré allí para atenderte

y llorar tu enfermedad piadosamente

en esa cama donde sigues postrado, ardiendo.

Bajo los ríos del infierno yaces,

desgarbado aunque varonil, recostado en tu infinito dolor,

hablando aún a oscuras del rincón más negro

del bosque de espectros que te habitó.

Haz que desde allí hable de nuevo El Mal

como hace tantas lámparas,

señor de los plantíos tenebrosos del espíritu,

esposo de la noche todavía.

Escarcha de sueño

A Xavier Villaurrutia

Tu rosa de tinieblas, allí donde el amor es ceniza,

late sigilosa en mi dolor ensimismado.

Perdido estoy por ti en la oquedad del sueño,

y tu música fantasmagórica resuena todavía

en las flautas de este mundo privado,

a cuyos pies me arrincona el miedo.

Tu nombre —sobra decirlo—

es el signo mágico que arde violentamente,

en cuyo teatro muero una y otra vez

por amor al pecado, la grieta en la noche

por donde se cuela un misterio antiguo,

ráfaga que me llevaría a descansar a otra orilla mejor.

Nube ciega, túnel, estatua de hielo,

aspereza enferma, me corroe tu ternura.

Tus olas de polvo hieren mi tacto.

Cada vez que sangro bajo la noche

es tu recuerdo el que me acurruca y besa.

En este día tan decrépito mi corazón te anhela

con pudoroso deseo de claudicar bajo el cielo constelado,

de llamar tras la pared hueca

a la esperanza loca que nos defraudó.

Te amo como el cuchillo ama la degollación.

Tan así soy por ti, tan sin piedad por lo tenido.

Mi apego por ti es vasto,

como la soledad adentro de un pecho muerto.

Yo, cántaro roto, imaginándote vivo, creo escapar de la vida.

Y escalo más la nota final de la locura,

presuroso por encontrar tu aroma entre las sábanas.

¿Cómo besar, ahora mismo, tus labios,

tu delgadez que caía al mundo como un río de sombras,

tus manos en las que apenas cabía un pájaro

—uno solo— que tiritaba de frío?

Sufro por no contener tu pereza

de este lado del témpano cruel que nos refleja a medias,

que ignora que lo que mataste en mí

revive en nuevas cadenas de necesidad.

Por eso, espérame, desde tu patria verdadera,

para precipitarnos juntos en otros abismos,

de cara al negro sol de la muerte.

Sería, alguna vez, capaz de huir hacia ti,

porque esta jaula es demasiado angosta

para edificar un nido donde vivir la parálisis.

Muero bajo mi nombre cuando tus ojos,

desde la vieja fotografía, taladran las cortinas de la noche

para mostrarme esa cálida alcoba

donde me espera el más fino delirio,

por cuyo océano naufrago

en un amor egoísta y febril.

Hay que esperar. Porque todo amor es espera.

Y si el invierno no nos pertenece más,

nada volverá a condenarnos.

Toco tus palabras tatuadas en mis huesos

y detengo mi vida que tiembla como una lágrima.

Quiero olvidar lo sufrido. La vida.

Escúchame ahora desde tu gruta de luz tenebrosa

y conoce mi olvidado granizo, el miedo,

los ángulos que caen del techo para herirme.

Dame tu página perfecta,

para recogerla con la boca de estos fangos.

Aleqs Garrigóz (Puerto Vallarta, México; 1986) escribe poesía desde los 15 años. Publicó su primer libro de poesía en 2003: Abyección. Posteriormente aparecieron La promesa de un poeta (2005; premio “Adalberto Navarro Sánchez”), Páginas que caen (2008, 2013; Premio municipal de literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, ganadora del I Concurso internacional de poesía de emergente “Nauyaca”) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio espiral de poesía 2011), En la luz constante del deseo (Premio espiral de poesía 2012), Despiértame en otro mundo (mención honorífica en el I Concurso de cuento y poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013), Penetrado por el amor (mención honorífica en el V Concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (tercer premio en el VI Concurso nacional de poesía “María Luisa Moreno”, 2014).  Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.

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