La transformación de la tía María Luisa y otros hechos asombrosos

Guadalupe Meza Servín

Alguna vez tuve una tía llamada María Luisa. Su vida es un recuerdo de sesenta u ochenta años antes de que yo naciera. Una leyenda que a mi madre le gustaba repetirme por las noches, junto a muchas otras, porque las brujas podrían aparecer si no estaba dormida antes de la hora de las ánimas. Mi madre tenía la habilidad de entremezclar la vida con los cuentos, los mitos y las supersticiones. La tía María Luisa y su leyenda me persiguieron toda la infancia a través de mariposas negras.

Mi primer viaje a San Andrés Tuxtla fue el verano en el que cumplí ocho años. Llegar al pueblo era algo muy similar a descender al infierno o así me lo pareció. Recuerdo bien el mar a nuestro lado izquierdo, íbamos bordeando la costa: divisábamos las olas perpendiculares a las líneas amarillas sobre el asfalto. Después vino la selva abrumadora: enormes árboles, de los que sólo observaba gruesos troncos, semicubrían el cielo. Entonces las curvas, bajar y bajar en círculos interminables hasta un calor asfixiante.

La entrada a San Andrés era y sigue siendo un panteón. Aquel verano lo pasamos, mitad en casa del tío Rafael, mitad en la finca Carrión Carrión, una hacienda tabacalera en vías del abandono que por falta de herederos era ahora de toda la familia y de nadie. Estaba en una ubicación privilegiada, entre San Andrés y Catemaco, muy cerca del Salto de Eyipantla, tanto, que en las noches más tranquilas y silenciosas se alcanza a escuchar el murmullo del agua al caer.

El lugar era un tanto tenebroso. Lo rodeaba una vegetación desbordada y sonora, llena de animales. El espacio era en extremo oscuro en interiores, pero iluminado por un patio central. La construcción obedecía a las clásicas casas de los Tuxtlas; una entrada elevada, con un pórtico del que pendían dos columpios amplios; dos plantas, la segunda con balcones y ventadas, la primera con ventanas más pequeñas y de herrería. Solo había algo que desentonaba por completo, una extraña torre al fondo a la que se accedía a través de un pasaje secreto de la biblioteca que estaba en la segunda planta. Este lugar había sido en un principio el estudio de Joaquín Carrión, por la increíble vista del Salto de Eyipantla que se alcanzaba a divisar desde sus ventanales, más tarde, la habitación de su hija María Luisa Carrión Carrión, por una supuesta preferencia de la chica por el aislamiento y la soledad.

A mí me tocó dormir en la segunda planta, frente a la biblioteca. Era de los cuartos que daban a la parte trasera de la casa, por lo que sólo tenía un par de ventanillas diminutas y altísimas desde las que no alcanzaba a ver nada. La poca iluminación y la humedad daban pie a que las vigas de madera albergaran mariposas negras e incluso algún murciélago que entraba creyendo que no habría nadie. Mi primera noche en aquel lugar fue una pesadilla: sin los escasos rayos del sol, las mariposas revolotearon por toda la oscuridad nocturna, chocaron contra los muebles y a veces, contra mi mejilla, mi nariz o mis pies. Sus alitas en mi piel me resultaban acosadoras porque, hasta entonces, aquellos seres eran mi referencia a la tía María Luisa.

Jamás olvidaré una mañana de ese verano cuando mi tío Rafael atrapó una de las mariposas de mi cuarto temporal y me preguntó: ¿sabes por qué las llamamos Marías?

—Mi mamá dice que la tía María Luisa nació con cara de oruga porque su padre era muy avaro. Y a cada mentira o travesura de la tía, el cuerpo se le iba transformando; pasó de mujer a oruga completa un día que no quiso dormir por verse en el espejo.

—¿Y después?

—Se convirtió en una mariposa negra y voló. Cuando las niñas no duermen la mariposa negra se les aparece para arrullarlas y si no se dejan…

—Les dice a las brujas para que se las coman o las mata ella misma.

En ese momento el tío Rafael pasó por mi cara la fea mariposa negra que tenía entre los dedos. Sus ojos deformes, su boca con pinzas, la cabeza peluda, me quedaron a milímetros de mis ojos y un polvo amarillo me hizo estornudar, impidiendo que gritara. Aquel sonido o algo en mi expresión debió haber sido gracioso, pues recuerdo las sonoras carcajadas del tío Rafael mientras dejaba escapar a la mariposa y esta volaba libre sobre mi cabeza.

Crecí rodeada de los mitos de la familia materna. En una realidad semifantástica, las mentiras son lo real, lo demás está más cercano a la ficción. La imaginación desbordada de una niña es sitio perfecto para que todo aquello se arraigue, de manera que le huirás siempre a los gatos negros, le amarrarás la cola al diablo cada que no encuentres las llaves o preferirás morir atropellado antes que pasar por debajo de una escalera, toda la vida. Mis problemas comenzaron el día en que rompí un espejo y no tuve mala suerte. Durante los siete años posteriores esperé el momento trágico que haría de mi vida un tormento y no llegó, o quizá sí, porque dediqué el mismo tiempo a desmitificar cada una de las leyendas con las que había crecido: la mujer que mi abuela dijo ver escupir una serpiente en un baile, en realidad, había abortado; el templo de Santa Rosa de Lima no había sido incendiado por el demonio, sino por un descuido del párroco que había olvidado apagar una vela en una noche de viento y sequía, etcétera.

La tía María Luisa, sin embargo, parecía aferrarse a mi mente y a mis paredes sin salir nunca. Porque desde esas mis primeras vacaciones en San Andrés no olvidé ya la cara de la mariposa, ni su tacto, acosador y asqueroso. Mis investigaciones comenzaron así: en 1887, en Noruega, una mujer quiso ser mariposa, se tatuó espalda, cara y brazos; murió en la operación para injertarse alas. En 1898 una mujer intentó hacer pasar el feto que había abortado por una oruga en proceso de ser mariposa para no ser juzgada. Así, sucesivos casos de extraños fenómenos, sobre todo en aquellos tiempos donde estos podían venderse en circos y eran redituables. Ninguno como el de la tía María Luisa.

A la muerte de mi abuela, heredé su diario personal, en él encontré una descripción del proceso que transcribí resumida para fines de mi investigación:  

17 de julio, 1922

“(…) En San Andrés todo se sabe y lo que no, se inventa, sobre todo cuando se habla de la familia Carrión. María Luisa era el fantasma de todas las casonas de techos rojos, paredes blancas, patios centrales y largos corredores con pilares arabescos, porque nunca se le vio recorrer el pueblo. Porque sus padres eran primos hermanos, hijos de primos hermanos y su doble apellido era estigma y riqueza.”

10 de octubre, 1922

“Las señales fueron claras, pero silenciosas. El primer paso: la escasez de palabras. A la hora de la cena, María Luisa contenía todas las letras en su boca; se arremolinaban con la comida en sus cachetes y las digería. Para nadie se convirtió en un hecho significativo, el irregular mutismo de la prima era irrelevante hasta que fue constante. Parecía haberse dado por vencida en todo intento de comunicación que pueda tener una sordo-muda.”

24 de diciembre, 1922

“Hemos ido a la finca. El segundo paso: la postura. María Luisa camina encorvada, se sienta encorvada, sólo la he visto un par de veces en la cena, pero parece como si se estuviera preparando para enrollarse mucho tiempo y desenrollarse transformada. Creo que tienen razón, su cara de oruga acabará por convertirla en una.”

15 de febrero, 1923

“Qué culpa tuvo ella de nacer deforme y ahora, para colmo, la prima María Luisa se ha quedado inmóvil. Primero fue un brazo el mes pasado: se le fue replegando a la piel, como desapareciendo; ahora una pierna, ya casi no sale de la habitación. He ido a verla con toda la intención de no hacerlo, siempre es un espectáculo atroz.”

10 de marzo, 1923

“Vi al tío Carrión Carrión llevar un médico a la finca y fui con Marinita a preguntar. El cuarto paso: el sueño. Me dijeron que María tiene dos semanas dormida, no está muerta, solo no despierta.”

5 de noviembre, 1923

“Después de tanto tiempo como oruga, hoy supe que la prima María Luisa por fin es una mariposa negra (el color debió haberlo tomado de sus ropas) y voló.”

Dado que el diario de la abuela no era más que la confirmación de la leyenda, creí con la inocencia de una niña que la historia de mi madre podría ser una verdad absoluta. Y de serlo, supuse que habría más testigos. Busqué información basada en las fechas y los sitios, pero no encontré nada hasta hace unos días. Un buen amigo investigador y periodista, mientras hacía un reportaje sobre la región Tuxtla en Veracruz encontró el apellido Carrión mencionado con frecuencia y me lo comentó. Respondí ofreciéndole ayuda, entrevistas con familiares y vivencias personales, esto con el propósito de pedirle un favor: que buscara todo lo relacionado con el curioso caso de la tía María Luisa.

Los primeros datos fueron cosas obvias: acta de nacimiento, nombre de los padres, la misma leyenda acerca de su transformación, pero una nota de un periódico desconocido que se asemejaba más a un panfleto poco creíble, recolectaba la siguiente historia con un tono amarillista que he procurado conservar:

El Cotorro le informa, no. X, San Andrés Tuxtla, miércoles 30 de octubre de 1923
Hija primogénita de Carrión Carrión se lanza por la ventana después de descubrir su fealdad en un espejo de la casa.
El error de una criada provocó una tragedia en la finca de los Carrión. María Luisa Carrión Carrión, hija del famoso matrimonio que todos creíamos deforme, se lanzó de la ventana más alta de la hacienda al descubrir su horripilante rostro en un espejo. Todo cristal reflejante estaba prohibido de ser exhibido los días que la joven tenía derecho a deambular por la casa libremente. Al parecer una criada descuidó esto durante meses y la monstruo se vio reflejada en varias ocasiones, siempre reaccionando de distintas maneras hasta que se convenció de ser un perfecto esperpento y se tiró por la ventana. Se cree que emitió un par de gritos aterradores por el dolor de lo que veía y el dolor de la caída. Nadie sabe si murió al instante o días más tarde, pues muchos escucharon sus gritos después de sucedido el accidente, según fechas de las criadas. Esta muerte sólo sirve para confirmar que la dicha familia y toda su estirpe está maldita por vivir en pecado y explotar a nuestro pueblo. Con seguridad el alma de la finada los perseguirá siempre en forma de garza o de mariposa prieta.

La nota no está firmada, ni completa, pues el periódico estaba por deshacerse, sin embargo, gracias a ella pude entender muchas cosas. La mariposa disecada que está al inicio de las páginas es una de las que atrapé en el primer viaje a San Andrés y que disequé después. Lo adjunto porque el psicólogo cree que es buena idea para superar la experiencia.

Epílogo

Mientras el par de vecinos jugaban a las canicas, a Gerardo se le ocurrió que entrar a la casa abandonada era buena idea. Lupita le siguió la corriente, pretextando que era tan valiente como él. La casa era tan normal que ni siquiera daba escalofríos, su abandono era momentáneo, en cualquier instante la ocuparían y se notaba: estaba muy limpia, aunque algunas tablas de madera del piso crujían, parecían rotas o averiadas. Gerardo saltó sobre una de ellas a ver si se rompía; lo consiguió porque debajo había un hueco. Los niños se creyeron poseedores de un tesoro, pero en realidad lo único que encontraron fueron una serie de sobres. Lupita tomó uno al azar y lo abrió, inmediatamente se lo aventó a su amigo.

—Qué tiene?

—Una mariposa negra pegada a la primera página.

—¿Y eso qué?

—Mi mamá dice que esas mariposas son la muerte con alas, no la toques.

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