Nuestro primer beso

Eunice Plascencia

Eran las 6 pm. Estaba sentada en el sillón de mi apartamento. Miraba por la ventana. Era un día lluvioso, podía ver como las hojas de los árboles eran mojadas por las pequeñas gotas, en grandes cantidades. Hacía frío, tenía puesta una manta y en una mano sostenía una taza de chocolate caliente.

De repente mi teléfono vibró:

—¿Hola?

—¡Mi querida Emma! ¿Cómo estás?

—¿Mamá? ¿eres tú?

—Claro, tonta, ¿cómo no reconoces a tu propia madre?

—Lo siento, es que he estado un poco distraída últimamente.

¡Rayos! No sabía qué decirle. En esos días me habían pasado muchas cosas, sin olvidar que mis emociones estaban al tope de su capacidad.

—Mmm… —dijo misteriosa— ¿No será que estás así a causa de un muchacho?

—¿¡Qué!? ¡¿Estás loca!? ¿Cómo puedes pensar esas locuras?

—¡Ay hija! —dijo irónicamente— Estás en la edad de las hormonas locas. Lo digo porque yo estuve así a tu edad, con tu padre.

—Basta, mamá, ¿cuál es el motivo de tu llamada?

—Vaya, vaya, mi hija no ha perdido su toque de frialdad –dijo riendo- ¿que una madre no puede llamar a su hija para ver cómo se encuentra?

—Claro que puede. Lo siento si fui un poco tajante —dije arrepentida.

—No te preocupes, hija. Siempre has sido idéntica a tu padre en ese aspecto. Bueno, solo te llamaba para ver cómo estabas, llamé a tu trabajo, pero me dijeron que no has ido en varios días, quería cerciorarme de que estuvieras bien.

—Estoy bien mamá —dije mientras daba un sorbo al chocolate— voy a renunciar a ese empleo, estoy cansada de ver tantos libros todos los días, voy a buscar otra cosa…

—Pero Emma… ese trabajo te encantaba ¿por qué has cambiado de opinión?, ¿acaso hay alguien que te molesta?

No quería mencionar que me habían atacado y que incluso había terminado con la cara hecha trizas. Mi madre tiene demasiadas preocupaciones siendo policía.

—No, para nada, solo quiero cambiar de aires. Eso es todo. Tranquila.

—De acuerdo, confiaré en ti.

—Ok.

—Bueno, mejor te dejo, parece que quieres estar sola…

—Sí, la verdad sí, mamá, gracias por llamar.

—Debo hacerlo porque eres mi hija, además vives demasiado lejos de mí, créeme que es difícil para una madre vivir en Washington sola sin su hija.

—Mamá, lo sé. Tranquila.

—De acuerdo, está bien, demasiado drama hay aquí, mejor te dejo. Cuídate mucho, Emma, te quiero mucho. Nos vemos en navidad.

—De acuerdo.

Colgué el teléfono y lo aventé a la alfombra.

Hacía varios días que no había visto a Tyler, desde nuestra cena. Una extraña sensación de vacío invadió mi estómago y pecho. Me sentí totalmente sola y abandonada. Después que terminamos de cenar, me acompañó de nuevo a mi casa y de ahí se fue en su Kawasaki ER-6F 2016 color verde, perdiéndose entre la enorme cuidad oscura…

Rayos, estaba totalmente abrumada. La lluvia cesó, supe que era el momento ideal para salir así que tomé mis botas y mi abrigo, y me dirigí a la puerta. Tomé las llaves, un poco de dinero de mi bolso y me fui.

Caminé sin rumbo por un buen rato, hasta que pasé afuera de un establecimiento en Bleecker St., se llamaba ¿Wha café? Parecía tener buen ambiente, pues escuchaba a la gente hablando, y gritando, con música en vivo. Estaban tocando The walking dead de Papa roach, una canción que era una de mis favoritas en el género de rock alternativo.

Me quedé en una esquina mirando aquel lugar. Fue entonces que me dije, tengo que entrar ahí, se ve buen ambiente. Entré. Había demasiada gente, algunas estaban sentadas en mesas o en la barra y otras paradas, todas disfrutando de la música. Recuerdo que me senté cerca de la barra y miré hacia el escenario. No podía creer lo que estaba viendo…

¡Dios mío no puede ser! Tyler estaba ahí.

Era el que estaba tocando la guitarra y cantando. Varias chicas estaban debajo del escenario gritando como locas por él.

Una parte de mí me lo dijo todo el tiempo: era obvio que el chico era demasiado famoso entre las mujeres y la música.

¡Diablos! Me dije a mí misma en ese momento.

De pronto sentí como una mano tocaba mi hombro. Miré hacia atrás y vi al bartender.

—¡Hey, niña! ¿quién te dio permiso para entrar?

—Disculpa, no lo puedo escuchar, la música está muy fuerte.

—¡Dije que ¿quién te dio permiso de entrar?! Aquí solo pueden entrar mayores de edad.

—Lo siento, no sabía, tenía un poco de sed y quise entrar por algo de agua.

El hombre rio sin ninguna discreción por mi absoluta inocencia. En eso la canción había terminado y varias chicas comenzaron a gritar el nombre de Tyler. Se veía totalmente seducido por la música. Su cabello, espalda y parte de su pecho estaban bañados de sudor, lucía totalmente genial. Pareciera que su mirada hubiera incrementado su oscuridad interior.

—Lo siento niña, pero tienes que irte –dijo el bartender apuntando hacia la puerta.

—Por favor, déjeme beber un vaso con agua y me voy –dije mientras ponía ojitos de niña inocente.

El hombre me miró y asintió. Me sirvió un vaso con agua y me dijo:

—Bébelo, pero después te marchas.

—Muchas gracias. ¿Cuánto será?

—No te preocupes, la casa invita.

—Gracias —dije con sonrisa plena.

El bartender, me miró de manera como si una niña pequeña hubiera sido complacida. Estaba bebiendo mi vaso con agua, cuando de repente oí a alguien decir mi nombre.

—¿Emma? ¿Eres tú?

Miré hacia atrás. Tyler se encontraba a solo medio metro de distancia de mí. Varias chicas lo seguían, algunas me miraron con recelo, sentía que me comían con la mirada. Estaba sorprendida y un poco cohibida por las intensas miradas de aquellas mujeres.

—¿Tyler? ¿Qué estás haciendo aquí? —dije como si nunca me hubiera percatado de que estaba tocando para el público-.

—Lo mismo te pregunto yo. ¿Qué hace una chica tierna como tú en un lugar como este?

Me sorprendí nuevamente, mi corazón latió con fuerza, mis piernas temblaban y los colores se me subieron a las mejillas:

—E… estaba caminando por la calle, tuve un poco de sed y entre aquí. – La verdad me sentía como una tonta.

—¿Sed? ¿En un bar? —dijo extrañado— ¡Ay, Emma! Sí que eres una niña muy inocente…

¿¡Qué rayos le sucedía a Tyler!? No era una niña, pero tampoco una adulta. Me sentía un poco estúpida, pero a la vez ofendida.

—¡Diablos! Como odio a este tipo -Exclamé en mi interior.

Sentía que las mujeres a su alrededor me comían viva con la mirada. Quería salir de inmediato ahí, apreté los puños y cerré los ojos:

—Gracias por el vaso de agua —le dije al bartender dejando un billete de cinco dólares encima de la barra como propina, y salí corriendo del bar.

No me detuve a mirar hacia atrás. Tyler gritó mi nombre varias veces, pero no hice caso. Intenté seguir corriendo, pero mis piernas temblaban, estaba demasiado cansada por la caminata, miré hacia el cielo nocturno y deseé que la tierra me tragase en ese momento.

Oí unos pasos apresurados que se aproximaban hacía mí. Giré en el primer callejón que vi, pero me fijé demasiado tarde que estaba cerrado.

—¡Demonios! —refunfuñé en mi interior.

Quise retroceder, pero Tyler estaba justo detrás. Sentía su respiración en mi nuca, me sentía totalmente indefensa, mi piel se erizó y me giré hacia él.

—Emma ¿por qué hiciste eso? ¿acaso fui malo contigo?

—Ah… -intenté articular alguna palabra, pero no pude, mi garganta estaba seca, mis piernas todas temblorosas y mis ojos miraban con inocencia los de él.

—¿Te comió la legua el gato? —dijo con ternura.

Seguía sin habla. Quería abrazarlo, quería poder decirle cuanto me gustaba, quería poder besarlo.

—Mmm, creo que no hablarás, y la verdad me gusta mucho tu voz, es una pena que no pueda escucharla, pero no te preocupes, te haré decir algo.

Me empujó hacia una de las paredes del callejón, mi espalda chocó con la pared suavemente, y mi pecho quedó a solo unos centímetros del suyo. Levantó mi mentón hacia su rostro con su mano tatuada, y se acercó cada vez más a mí.

Mi cuerpo no respondía, quería moverme, quería gritarle, darle una bofetada, sin embargo, no pude hacerlo, estaba paralizada.

Acercó su rostro lentamente hacia al mío, me miró fijamente a través de esos ojos oscuros y comenzó a acariciar mi rostro con el dorso de su mano, se acercó aún más hasta que sus labios se encontraron con los míos. La textura de nuestra piel se acarició entre sí hasta que parte de su boca mordió con suavidad mi labio inferior, después se fundió en un beso. Un simple beso que hizo que mi corazón latiera con intensidad, hizo que mi pecho estallara, hizo que todas las tonalidades rojo existentes se congregaran en mi rostro, hizo que algo cambiara en mi interior…

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