La imperiosa necesidad de estudiar nuestra Historia

Omar Fabián González Salinas

En la actualidad la ciencia histórica —lo mismo que el resto de ciencias sociales— es subestimada y despreciada por una sociedad y gobiernos obnubilados por una ansiosa visión de futuro y por los espejismos de productividad económica que rodean a las carreras profesionales vinculadas con la tecnología, las ciencias médicas o los negocios. No obstante, la Historia[1] sigue siendo una ciencia con una firme presencia. Los gobiernos saben bien que la manipulación de un relato histórico refuerza la identidad nacional y la lealtad política entre los ciudadanos. Por otra parte, las universidades y científicos sociales sabemos que la Historia es una ciencia fundamental para comprender el presente a través del estudio del pasado, para crear conocimiento científico que ayude a conocernos como sociedad y para formar ciudadanos críticos que sepan discutir y opinar sobre asuntos de política, economía, desarrollo regional, sistemas educativos, cultura, y, en general, sobre todo tipo de acción que involucre a su ciudad, estado, país o al orbe mundial

De hecho, la Historia ha sido tan importante que es una de las pocas ciencias que tiene su origen hace miles de años.[2] Desde las épocas más remotas y en todas las culturas, han existido registros históricos para preservar del olvido las acciones del hombre. La Historia de las tribus se transmitía de manera oral, mientras que los gobernantes se preocupaban por transmitir un relato histórico que exaltara sus glorias políticas y militares. Las primeras civilizaciones buscaron conservar su pasado; lo hicieron los griegos, romanos y las primeras grandes culturas del mundo. En América, los pueblos originarios también conservaron, transmitieron y usaron la Historia para crear lazos de unión entre los miembros de un pueblo o para legitimar a gobernantes. En estas antiguas culturas la palabra escrita u oral, el monumento o la imagen se convirtieron en los registros donde se plasmaba la Historia del pueblo o la Historia política más favorable al Estado.

Pero, ¿qué es la Historia? y ¿cuál es su utilidad? Cuando escuchamos hablar de esta ciencia es común que venga a la mente la idea de “la Historia como maestra de vida”. Una concepción cuyo origen se remonta a los tiempos de Marco Tulio Cicerón en la antigua Roma, y que, palabras más menos, plantea que estudiar Historia sirve para conocer los errores y no volver a repetirlos. Una idea que de alguna forma concibe el tiempo de forma cíclica con situaciones que volverán a suceder y para las cuales tenemos que estar preparados para evitar las fallas cometidas en el pasado. Esta es realmente una concepción ya superada por la historiografía, aunque es de reconocer que en algunos contados casos sí se utiliza la rememoración del pasado para crear conciencia de los errores que no deben repetirse. En esto último resalta el caso de la Alemania actual, donde el gobierno pone un marcado énfasis en hablar del Holocausto para dar a conocer el horror provocado por el nazismo y así crear conciencia sobre lo que no debe repetirse jamás.

Ahora bien, no son pocos los historiadores que se han preocupado por explicar qué es la Historia y en qué consiste el oficio de historiar. Collingwood en su afamada Idea de la historia afirmaba que la Historia es la ciencia que nos revela la naturaleza del hombre a partir de mostrarnos lo que ha hecho. Cuanto más sepamos sobre qué hemos hecho como sociedad, mayor sabremos sobre la humanidad y su potencial. Hace algunas décadas el Archivo General de la Nación de México invitó a varios historiadores a reflexionar sobre el mismo tema aquí discutido. Producto de dicho esfuerzo fue el libro Historia, ¿para qué? publicado por primera vez en 1980 por la editorial Siglo XXI. En sus páginas se pueden leer reflexiones sobre el sentido de la Historia y sus distintos usos, así como su razón de existir como ciencia al servicio de la sociedad y el poder. Las reflexiones del afamado historiador Enrique Florescano (2000; 2012) también nos presentan los distintos usos que se le ha dado a esta disciplina, tales como cohesionar pueblos, dotar de identidad, legitimar gobiernos y plantarnos ante problemas sociales y políticos.

Una de las mejores respuestas dadas a la interrogante sobre qué es la Historia fue la que otorgó el historiador francés Marc Bloch, quien señalaba que esta ciencia se ocupaba de estudiar al hombre en sociedad a través del tiempo. Bloch no reprodujo ideas abstractas como decir que la Historia estudia el pasado —¿El tiempo es historiable? ¿El pasado de qué o quién?— En su lugar, optó por poner énfasis en la dimensión social del hombre, pues los individuos por sí solos no importan, de hecho, las biografías de un solo hombre solo son relevantes si se les vincula con la sociedad a la que pertenecieron (la biografía de Porfirio Díaz, por citar un ejemplo, solo es importante si se aborda el cómo sus acciones influyeron en el México de su tiempo). Bloch también se enfocó en otro elemento: el tiempo. Para este historiador la Historia debía estudiar desde los orígenes más remotos, así como el desarrollo y consecuencias de un suceso, y no dejarse cegar por los “ídolos de los orígenes”, es decir, pensar que un acontecimiento puede ser explicado solo estudiando sus orígenes. Es debido reparar en que todo el desarrollo de un fenómeno social es importante, desde sus inicios hasta sus consecuencias.

Si adaptamos estas ideas a la historia de México, nos daremos cuenta que para entender a nuestro país es importante remontarnos a los orígenes más antiguos, estudiar su desarrollo, su avance, sus tropiezos y, todo ello, servirá para entender nuestra actualidad. No es posible entender, por decir algunos ejemplos, la gastronomía mexicana sin tener en cuenta la gastronomía mesoamericana; o el catolicismo mexicano sin considerar la mezcla de tradiciones religiosas entre el cristianismo traído por los españoles y los cultos indígenas (la adoración a la virgen de Guadalupe o algunas fiestas patronales, son en realidad producto de un sincretismo que surgió de la mezcla entre rituales católicos con rituales indígenas). Asimismo, sería imposible comprender el sistema político actual sin tomar en cuenta la forma en que surgió el sistema mexicano posrevolucionario presidencialista y su desarrollo desde 1929 hasta el 2000, periodo en el que los caudillos militares y políticos, así como el partido oficial (el Revolucionario Institucional, PRI) asentaron toda una tradición de hacer política cuyos efectos todavía se reflejan en la actualidad.

De igual manera, las actuales reformas impulsadas por el gobierno de Enrique Peña Nieto –la educativa, energética y posible privatización del Sector Salud– se comprenden y explican al vincularlas con el pasado reciente, específicamente con el proceso en el cual a finales de 1980 e inicios de 1990 México adoptó el neoliberalismo como política económica que se opone a que los gobiernos manejen las economías nacionales y exige la privatización de toda empresa paraestatal. Las recientes privatizaciones de Petróleos Mexicanos (Pemex) y de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) son solo parte de la culminación de un proceso histórico cuyo inicio está situado años atrás en nuestro pasado.

Esto nos conduce a asentar que la Historia sirve para descifrar el presente a través del estudio del pasado. Si analizamos los problemas de nuestro presente en perspectiva histórica, será más fácil comprenderlos y encontrarles solución. Así, el estudio de la Historia no importa tanto por lo que pueda decirnos del pasado, sino de nuestro propio presente. A esto se refería Benedetto Croce en su célebre frase que señala que toda Historia es una Historia contemporánea, es decir, toda investigación histórica parte de las necesidades, inquietudes o problemas del tiempo en que vivimos. La erudición no es razón suficiente para adentrarse en el pasado del hombre; comprender el porqué de nuestra realidad actual es y debe ser siempre la más importante justificación para todo trabajo de investigación emprendido por un historiador.

Las recientes declaraciones del historiador Juan Marchena Fernández ayudarán a esclarecer este punto:

Lo que realmente estudiamos [los historiadores] es el presente y en el pasado buscamos las razones o explicaciones de nuestro propio presente. Si no, no tiene sentido más allá de la erudición: saberse la lista de los reyes Godos puede estar bien, pero no sirve para nada. Hoy, en este presente […] es importante saber por qué somos como somos, cómo pensamos, cómo son nuestros comportamientos, la cultura, nuestras consecuencias […] Por qué optamos por uno u otro voto político, las expectativas que tenemos […] Todo eso es producto de la historia. Y sola en sí misma no funciona, sino que para responder esas preguntas hace falta echar [mano] de la antropología, sociología, […] Es mirar en el pasado para comprender el presente (citado en Sánchez, 2016).

Josep Fontana, historiador español dedicado a explicar la Europa contemporánea a partir de su historia reciente, apoya esta idea añadiendo una estocada hacia aquellos que piensan que la Historia puede servir para conocer el pasado y así predecir el futuro. En palabras de Fontana, estudiar el siglo xx es útil para extraer “reflexiones que sirvan, no para predecir lo que ha de ocurrir en el próximo siglo, que esa es tarea para astrólogos y no para historiadores, sino para ayudarnos a asentar nuestros proyectos y nuestras esperanzas en un sólido conocimiento de la realidad actual” (2012: 11).

El prominente historiador británico —y quizás el más importante del siglo xx—, Eric Hobsbawm, también se inclinaba por el uso de la Historia para comprender el mundo actual. Su interés, decía él, era el análisis y no la mera descripción (2012: 18-20). Y vaya que este marxista fue un claro ejemplo del uso de la Historia con fines de análisis y de compromiso para transformar el presente. El ya citado Marc Bloch también es contundente al mencionar que la utilidad de la Historia es para conocer nuestro propio presente, debido a que “la incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado” (1952: 38). Esta íntima relación con el presente es ya motivo suficiente para erigir la Historia como una de las ciencias más útiles para la sociedad.

Tal como ya se apuntó líneas arriba, la Historia no solo tiene un fin científico para comprender el presente, también es una de las pocas ciencias que está sumamente vinculada a las ideologías políticas y al poder. El filósofo Luis Villoro señalaba que las llamadas “historias nacionales oficiales” colaboran a mantener el sistema de poder establecido y “se convierte en instrumento de control ideológico que justifica una relación de dominación” (1980: 45).

La manipulación del pasado no es propia de los actuales gobiernos. Todos los regímenes políticos lo han hecho. Durante décadas el PRI, a través de libros, celebraciones, imágenes y discursos, difundió una historia en la que los gobiernos priistas se decían ser los legítimos herederos y continuadores de la Independencia y la Revolución. La Alemania de Adolfo Hitler también creó sus propios mitos para presentarse como heredera de una mítica raza aria y del imperio romano-germánico. El gobierno italiano de Benito Mussolini se decía heredero de las glorias de la Roma Antigua. Asimismo, cuando los aztecas se convirtieron en potencia militar, se mandaron destruir los códices que relataban su pasado de pueblo errante y en su lugar, se inventó una historia mítica en la que se interpretaban como un pueblo elegido que fundó su ciudad en el lugar donde los dioses se los habían ordenado.

Pero así como la Historia y algunos historiadores pueden ponerse al servicio del poder político, también hay historiadores que se sitúan en el otro extremo, es decir, que se convierten en los intelectuales capaces de demostrar que los políticos mienten. Los historiadores, dice José Joaquín Blanco, son de los escasos ciudadanos que tienen visión y análisis de la red de poder ideológico y material de los gobiernos (Blanco, 1980: 80). De esta forma, la Historia puede servir tanto para legitimar relaciones de poder como para criticarlas.

El marxismo también ha influenciado en la concepción de la Historia como saber para entender y transformar el presente. Carlos Marx nunca consideró el estudio de la Historia únicamente como una actividad de erudición, sino como una herramienta intelectual indispensable para pensar y actuar en favor de la transformación del presente que vivimos. Adolfo Gilly, intelectual inserto en esta línea, sostiene que el historiador puede analizar el pasado tomando partido o apasionándose con una postura política sin que ello signifique faltar a la objetividad. Gilly también concibe el papel del historiador en dos posibles caminos políticos: o se ayuda a sustentar el discurso del poder establecido o se coloca en la crítica radical. Así, el papel del historiador es convertirse en un intelectual orgánico al servicio del Estado o se es un intelectual revolucionario cuyas investigaciones y labor de difusión de la Historia son útiles para comprender y criticar las relaciones de poder del presente, para reivindicar a los desprotegidos y para aspirar a un mejor futuro (Pereyra, 1980; Gilly, 1980).

A mi modo de ver, el más importante sentido y satisfacción en el bello oficio de historiador, es tener la agudeza analítica para comprender nuestro presente en función de su pasado y desarrollar el compromiso de tener argumentos bien fundamentados para plantear los caminos por los cuales se deba construir un futuro más más justo. Estudiar Historia para favorecer a la sociedad no implica estudiar a los “héroes” y “grandes políticos”. Existen muchas formas de hacer historia con postura ética: hay quienes investigan cómo se legitima un gobierno, explican y denuncian sus estrategias de dominación; otros prefieren enfocarse en los grupos que antes no figuraban en las Historias oficiales: las mujeres[3], los esclavos, los campesinos, los niños, las comunidades indígenas, los movimientos sociales, etcétera.

La microhistoria o historia regional también ha sido una fructífera línea de investigación que ha contrariado las generalizaciones de la “historia nacional” y cuyos aportes han hecho emerger la realidad de los “muchos Méxicos” que componen este país (González y González; 1986) y con ello reconocer y aceptar la diversidad cultural en la que vivimos. Sacar a la luz los discursos históricos sometidos por discursos “oficiales” es una tarea intelectual y de compromiso social.

Comprender y transformar el presente es lo que conlleva a la imperiosa necesidad de estudiar nuestra Historia. Sea cual fuera la línea de investigación elegida por el historiador, éste no puede adentrarse en el pasado sin previamente tener un objetivo ético para el presente.

Bibliografía

Blanco, José Joaquín (1980). El placer de la Historia. En Historia, ¿para qué? (pp. 75-89). México: Siglo XXI.

Bloch, Marc (1952). Introducción a la historia. México: Fondo de Cultura Económica.

Collingwood, R. G. (2011). Idea de la historia. México: Fondo de Cultura Económica.

Fontana, Josep (2012). Prólogo. En Entrevista sobre el siglo XX. Barcelona: Crítica.

Gilly, Adolfo (1980). La historia como crítica o como discurso del poder. En Historia, ¿para qué? (pp. 195-225). México: Siglo XXI.

González y González, Luis (1986). Invitación a la microhistoria. México: Fondo de Cultura Económica.

Florescano, Enrique (2000). Para qué estudiar y enseñar historia. México: Instituto de Estudios Educativos y Sindicales

Florescano, Enrique (2012). La función social de la historia. México: Fondo de Cultura Económica.

Pereyra, Carlos (1980). Historia, ¿para qué? En Historia, ¿para qué? (pp. 9-31). México: Siglo XXI.

Sánchez, Nacho (8 de noviembre de 2016). “La tecnología sin destino o crítica nos llevaría a la catástrofe”: entrevista a Juan Marchena. Recuperado de Saber universidad: http://www.saberuniversidad.es/actualidad/tecnologia-destino-critica-llevaria-catastrofe_0_1077792689.html.

Villoro, Luis (1980). El sentido de la historia. En Historia, ¿para qué? (pp. 33-52). México: Siglo XXI.


[1] Hablo de Historia con mayúscula para referirme a la interpretación del pasado (ya sea desde la ciencia académica o en cualquiera de sus formas) y diferenciarla de la historia con minúscula que alude a los sucesos del pasado del hombre.

[2] Claro que en esta aseveración guardamos la debida consideración de que la interpretación del pasado no ha existido de la misma forma a lo largo del tiempo, pues es claro que sus objetivos y métodos se encuentran en constante transformación.

[3] Aquí debe mencionarse todas las líneas insertas en la historia de género y el estudio del machismo como sistema de dominación socialmente construido y perpetuado.

Omar Fabián González Salinas es maestro en Historia por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (IIH-UMSNH). Actualmente es alumno admitido para cursar el doctorado en Historia en El Colegio de México. Sus líneas de investigación se insertan en dos campos temáticos: “Nación e identidad nacional en México” e “Historia política y cultural del México contemporáneo”. Su última publicación académica es: “El discurso patriótico y el aparato propagandístico que sustentaron a la expropiación petrolera durante el Cardenismo”, en Estudios de historia moderna y contemporánea de México, IIH-UNAM, no. 52, 2016, pp. 88-107. Dirección de correo electrónico: omaruccio_fgs@hotmail.com.

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