Elvira Madigan: una construcción de ausencias

Janneth Castellanos López

Estrenada el 24 de abril de 1967 y producida en Suecia por Bo Widerberg, Elvira Madigan es una obra cinematográfica que trastoca una historia real por medio del arte. El filme más que una historia de amor, es de permanencia, una permanencia que responde directamente a un estado de necesidad inherente al ser humano de cualquier época; es, ante todo, una obra de arte que se queda plantada con sigilo en el espectador, una composición de ausencias que germinan lenta y maravillosa en la mente de quien la ha observado.

La existencia de Elvira Madigan, la acróbata circense que a finales del siglo XIX escapó con el teniente Sixten Sparre, ha sido capturada por Bo Widerberg. Sin embargo, esta Elvira del film ya no es la misma que vivió entre nosotros, sino una aparición con alma autónoma, al igual que el dibujo que en la película Elvira tiene de sí misma: es ella, pero no es la misma; es su aparición, pero no su existencia. De alguna manera es como aquello que hace Magritte en La traición de las imágenes, mejor identificado por la inscripción “ceci n’est pas une pipe” (Magritte, 1928-1929) una creación con alma propia que parece, pero no es. En ella, según la concepción de Walter Benjamin (1935) el personaje se vuelve persona.

Ausencia

Las ausencias en Elvira Madigan, consideradas como aquello que es mostrado —pero no dicho— al espectador mediante lo invisible o como eso que está allí, pero no nos ha sido dado observar directamente, según la concepción de Michel Foucault en La pintura de Manet (1968), son el pilar sobre el cual se ha consolidado el carácter permanente de esta obra cinematográfica.

En primer lugar, el lenguaje guarda silencio durante largos intervalos; es un elemento puntual e importante que se aferra a lo estrictamente necesario. Mientras que en el cine convencional se deconstruye el uso del lenguaje tal y como se ejerce en la realidad, a fin de lograr comunicar aquello que acontece en lo íntimo de los personajes, en Elvira Madigan, por lo contrario, los más importantes momentos suceden en ausencia de las palabras: los momentos que determinan la permanencia de la historia están acompañados solo por el Concierto para piano y orquesta no. 21, de Mozart (1785), que marca la pauta en la evolución del mundo común a Elvira y Sixten: el núcleo de la obra. Esto responde a una de las características esenciales de la poesía pura: la marcada ausencia de todo lo narrativo y la búsqueda de lo que se considera esencial de la realidad. En este sentido, el filme acierta un logro poético-artístico. Las palabras vuelven cuando la música les otorga, por momentos, su primer plano, cuando existe la necesidad de decir para continuar en plena comprensión de lo que sucede fuera de ellos. Con las palabras llega también el mundo que estorba a Elvira y Sixten, la realidad que amenaza con alcanzarles a cada paso, el ancla que condiciona su libertad y su deseo.

En el plano de lo visual, ya que una secuencia de escenas cinematográficas es también una continuidad de imágenes, Elvira Madigan está construida con un diálogo entre lo que nos muestra la pantalla y lo que reconstruye la mente. Sin espectador, el sentido quedaría incompleto. En el arte plástico, Manet es precursor en el tema. En su pintura Camarera con jarras (1879) encontraremos una escena muy parecida a la que acontece durante la película cuando Elvira va al pueblo a bailar para conseguir algo de dinero. Nunca la vemos realizando la acción, sin embargo, como la camarera de Manet, allí está Sixten en la oscuridad dirigiendo una mirada hacia aquello que escapa a la vista, a lo invisible, como lo describe Foucault:

Observen que no mira lo que está haciendo, es decir, no mira dónde va a poner las jarras; fija la vista en algo que nosotros no vemos, que no conocemos, que está ahí, delante del cuadro (Foucault, 1968: 31).

Lo ausente se consolida en Elvira Madigan como el puente de complicidad que otorga al espectador una participación velada, aunque insustituible en el film.

Permanencia

Lo permanente en el arte ha sido definido en distintos momentos por varios autores. Para Parménides, por ejemplo:

La permanencia se alcanza sólo en proporción directa a la supresión del tiempo, lo permanente literalmente es lo atemporal. La permanencia se alcanza a costa del tiempo. La atemporalidad es nota exclusiva del Ser y, en este tenor, la verdad es la experiencia exclusiva de lo permanente; en esto se resumen los anhelos de toda búsqueda con tintes perennes (González, 2006: 47).

Para Berger, definida en torno al arte pictórico, la permanencia es la seguridad de lo visible y de la existencia sin límites de espacio-tiempo. Si la pintura es “el silencioso arte que detiene todo lo que se mueve” (Berger, 2005: 42), en Elvira Madigan el cine se convierte también en un arte silencioso que detuvo al mundo en un instante de la eternidad, un instante más largo que el de la pintura, en efecto, pero cuyo movimiento iniciado con los amantes que se han fugado de la sociedad terminó tan pronto como la mirada de Elvira sobre la mariposa en la escena final de la película.

Elvira Madigan es una muestra cinematográfica en la que se ausentan las marcas del tiempo y de la sociedad, en la que se busca no la universalidad desde la autonomía, sino lo opuesto: la autonomía desde la universalidad. Ha logrado, por ejemplo, en una de las tomas iniciales, enfocar una hoja en el árbol, sin que por eso se anulen todas las demás. La magia de este filme es precisamente que todo aquello que no aparece en la pantalla es construido en la mente, desde el mundo del espectador. Así, la construcción parte del mundo de quien observa, recreando a partir de sus propios referentes todo eso que allí está, pero no aparece. Elvira y Sixten son, pues, una historia desde lo universal que permanece de manera particular en cada uno de nosotros. Cada uno, en este corto y maravilloso viaje hacia la libertad, es un objeto de deseo que se vuelve sobre sí mismo, ambos se desean a sí mismos. Esta gran obra, para cerrar con las ideas de Berger sobre el arte, logra traer lo infinito y lo sublime al plano de lo inmediato, fijándose de manera definitiva en la realidad: una permanencia re-construida de ausencias.

Referencias

Benjamin, Walter (2012). La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica y otros textos. Argentina: Godot.

Berger, John (2005). Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible. España: Ardora.

Foucault, Michael (2005). La pintura de Manet. España: Alpha Decay.

González, Rush (julio-diciembre 2006). En torno a una divergencia ontológica: Parménides, Heráclito y Gilles Deleuze. Contribuciones desde Coatepec (11), 41-58. Recuperado el 26 de abril de 2016, de: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28101102.

Widerberg, Bo (Dir.) (1967). Elvira Madigan [Película]. Suecia.

Janneth Castellanos López nació el 29 de enero de 1995 en Tepatitlán de Morelos, Jalisco. Es licenciada en Letras hispánicas en formación por la Universidad de Guadalajara. En el 2015 ganó el certamen “PO3SÍA” convocado por el colectivo “Por favor, lea poesía”. En 2016 participó en la organización del “Circo poético”, proyecto desarrollado en la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

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